Crítica de The End, un atípico musical postapocalíptico con un reparto de lujo

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Crítica de The End, el musical postapocalíptico de Joshua Oppenheimer protagonizado por George MacKay, Tilda Swinton, Michael Shannon y Moses Ingram. Estreno el 25 de abril.
Salvo propuestas muy concretas que llegan a la cartelera con una ingente apuesta publicitaria que se lo pone todo en bandeja (Wicked, por ejemplo) o grandes clásicos aclamados del calibre de West Side Story, el cine musical no goza de la mejor de las reputaciones.
Tiene fama de ser aburrido, ralentizar las tramas con los números musicales que se terminan imponiendo sobre la acción e incluso, a veces, caer o en lo naif o en lo gafapastas. No es fácil encontrar el término medio y The End no tiene la intención de buscarlo en absoluto. Es una película que rehúye agradar a la audiencia, busca incomodarla y, se entiende, hacer que reflexione.
Como poco, se puede decir que es una película difícil que navega entre lo ridículo y lo sublime, dejándose arrastrar a menudo por el tedio. Tenemos a un supertalentoso reparto compuesto por estrellas consagradas como Tilda Swinton y Michael Shannon trabajando codo con codo con otras emergentes que llevan años demostrando su valía como George MacKay y Moses Ingram.
Y, sin lugar a dudas, ellos son el corazón de un proyecto audiovisual con grandes pretensiones, pero desiguales resultados.
Una burbuja en medio de la tempestad
El protagonista de The End es un joven que ha nacido en un búnker subterráneo situado en una remota mina de sal.
Sus padres, su criada y su médico son el único vínculo que tiene con la realidad y han destinado todos sus esfuerzos a preservar lo que queda de la civilización en su reducto de paz: desde obras de arte hasta libros y toda clase de comodidades.
A sus 20 años no ha salido nunca al mundo exterior y solo conoce lo que le han contado sobre lo que desató el apocalipsis, lo que incluye un estricto protocolo en caso de emergencia para salvar su vida. Su rutina consiste en estudiar y prepararse para un futuro que está abocado a un fatal desenlace.
Su calma será perturbada cuando de manera sorprendente consiga acceder a las instalaciones una mujer que ha sobrevivido en el exterior y se ha separado de los suyos. Su llegada lo pondrá todo patas arriba y amenazará la pacífica e indolente vida de esta extraña unidad familiar.
The End es premeditadamente ambigua: nunca deja claro qué fue lo que asoló a la Humanidad ni qué papel tuvieron en concreto en ese desenlace los padres del joven protagonista. En este sentido, como espectadores, nos situamos en su punto de vista para ir componiendo el puzle con los pocos datos que nos dan, aunque son muchos más los que se nos escamotean y tenemos que rellenar con creencias
Son personajes atrapados en una especie de realidad alternativa porque tienen energía gracias a un potente generador y todas las comodidades propias de un hogar convencional. Pero su supervivencia depende en buena medida de haber soltado todo lo que les unía al exterior incluyendo a sus propios familiares y amigos, algo que les hace desconfiar de esa falsa unión.
La pregunta que The End quiere que nos hagamos es si seríamos lo suficientemente egoístas como para sobrevivir a nuestra propia depravación moral o, visto de otro modo, si nuestro sistema de creencias nos dejaría seguir adelante tras el despertar de nuestra conciencia.
De facto, no todos los personajes toman las mismas decisiones: hay quien se quita la vida, quien claudica y quien transige solo por un amor no correspondido. ¿Tendría sentido en este contexto celebrar la Navidad o una fiesta de disfraces? ¿Cuánto tiempo tardarían en caerse las caretas? ¿Cuál sería la finalidad de tener hijos más allá de alagar un poco más una agonía inminente?
Todos los temas que se tratan en la película son de una importancia radical: el planteamiento ético, el paso de la juventud a la madurez, la obsesión por mantener un legado, la necesidad de trascendencia del ser humano... Sin embargo, el guión, escrito por Rasmus Heisterberg, Joshua Oppenheimer y Shusaku Harada introduce constantes interferencias en forma de un humor que funciona regular.
Así, podemos haber visto una pieza musical exquisita e interpretada con todo el sentimiento del mundo para ver a renglón seguido una secuencia escatológica, con chistes de pedos que desentona de forma abrupta con lo que cabía esperar.
La puesta en escena está medida al milímetro con apenas un par de sets de rodaje: la propia casa, con sus habitáculos y la mina de sal, en la que los personajes divagan y muestran sus pensamientso más íntimos.
En suma, The End es una rareza no apta para todos los paladares. En buena medida pone a prueba la paciencia los espectadores y sus abundantes y constantes salidas de tono contribuyen a empeorar la percepción de una película con destellos de grandeza pero que no sabe capitalizar sus fortalezas para vehicular su potente mensaje.
Valoración
Nota 50
Oppenheimer entrega una propuesta contracomercial en la que amalgama varios géneros distintos: musical, ciencia-ficción y drama se dan la mano en una película extrañísima y muy irregular.
Lo mejor
El reparto y la forma en la que se meten en la película: cantan, bailan y lo ponen todo de su parte en un proyecto bien extraño.
Lo peor
Es una película larguísima, aburrida en muchos momentos y pretenciosa a más no poder.

