Crítica de Nadie quiere esto, una serie ligera de enredos emocionales

Crítica de Nadie quiere esto (Nobody Wants This), la nueva comedia de situación de Netflix protagonizada por Kristen Bell, Adam Brody y Justine Lupe. Estreno el 26 de septiembre.
Entramos en el terreno de la comedia romántica, donde la industria estadounidense no tiene parangón. Netflix ha estrenado hoy mismo Nadie quiere esto (Nobody Wants This) con la idea de atrapar al público afín a series como Sexo en Nueva York y sus derivados. Tiene el mismo aire urbano y ligero, con el que se desdramatiza la realidad y se busca la sonrisa del espectador.
Es, sin pudor, una serie que apela a un escapismo desprejuiciado mientras tiene por objeto subvertir la dinámica que se puede considerar preestrablecida entre los personajes (hay cierto afán por sorprender a la audiencia). Es cierto que resulta refrescante y se consume con facilidad, pero también que es mucho menos rompedora de lo que pretende.
Creada por Erin Foster, se compone de diez episodios de una media hora de duración (el formato ideal para este tipo de shows televisivos) y tiene vocación de continuar en una segunda temporada a la vista de un desenlace que deja varias tramas en el aire.
Los polos opuestos se atraen
Nadie quiere esto nos presenta a dos hermanas, Joanne y Morgan, que analizan sus relaciones afectivas y sexuales en un podcast que no hace más que crecer. Afortunadas en los negocios pero desafortunadas en el amor, al menos tienen ocasión de exorcizar sus demonios entre ágiles conversaciones plagadas de pullas, consejos y risas.
La vida de Joanne, no obstante, da un giro de 180 grados cuando conoce de forma fortuita a Noah, un rabino de vocación que aspira a escalar posiciones en la jerarquía de su comunidad religiosa y de quien se enamora casi al instante.
Noah acaba de dar por finalizada una relación de largo recorrido, pero queda deslumbrado por la naturalidad y desparpajo de Joanne.
Morgan, por su parte, es un verdadero desastre en el terreno sentimental, pero quiere proteger a su hermana y le preocupa cómo puede llegar a afectar su nueva conquista a la dinámica del podcast. Pero la principal opositora al romance de Joanne y Noah será la madre de éste, muy reticente a una mujer que no es judía.
Lo bueno de las comedias románticas es que siguen un patrón muy regular y dan pie a pocas sorpresas. Bueno sí, los enredos, las idas y venidas y los circunloquios para llegar siempre al mismo punto. En este sentido, son contenidos feel-good que suelen sentar bien, si eliden un exceso de azúcar de la ecuación. En otras palabras, solo se atragantan si se pasan de pastelosas.
El elemento que sirve en esta ocasión de obstáculo entre los dos integrantes de la pareja es la religión y todo lo que la rodea: Joanne es agnóstica, pragmática y está desencantada mientras que Noah pertenece a una comunidad tradicional, algo cerrada en sí misma y con reglas estrictas. No es que su relación sea imposible, pero pasa por que ambos renuncien a algo.
Este tira y afloja tiene su calado si se analiza desde una perspectiva de género, porque hace un par de décadas habría estado claro quién habría tenido que renunciar a su vida, pero ya en el siglo XXI eso no está tan claro. El podcast termina por convertirse en una narración de lo que les sucede y sirve asimismo de termómetro de la relación entre Joanne y Noah y entre Noah y su hermana también.
Nadie quiere esto tiene dos puntos fuertes que son indispensables para apuntalar el éxito de la serie: un reparto que empasta bien con dos protagonistas que rezuman química (Kristen Bell y Adam Bodry pegan muchísimo) y un guión muy ágil en el que los lances dialécticos son rápidos y avanzan a buen ritmo.
Ojo también a Justine Lupe (Succession) y Timothy Simons (Navidad en Candy Cane Lane), dos estupendos secundarios.
La serie no da pie al aburrimiento, por más que ofrezca algo que no es estrictamente nuevo: hay muchos otros productos televisivos similares. Eso sí, aquí los guiones tienen cierto puntito de sátira que le hace bien a la ficción. Los personajes son imperfectos, van pisando charcos y metiéndose en pequeños líos que los humanizan y hacen creíbles.
Para los amantes del género, desde luego, puede convertirse en su nueva adicción: se ve con extrema facilidad, no empalaga en exceso y es tan simpática y bobalicona como para llenar un par de tardes... Más que suficiente para lograr un aprobado. Y ya si le echa arrojo en una segunda entrega profundizando en los temas que de primeras solo tantea, lo mismo se encarama al notable.
Valoración
Nota 65
Netflix nos ofrece una nueva serie de enredos sentimentales de ambientación urbana y contrastes entre personas creyentes y ateas. No reinventa el género pero ofrece un entretenimiento simpático.
Lo mejor
La buena química entre el reparto y los diálogos ágiles.
Lo peor
Es mucho menos rompedora de lo que pretende.
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Raquel Hernández Luján
Redactora
Raquel Hernández es redactora y crítica de HobbyCine desde 2010. Está especializada en cine, series y literatura así como familiarizada con las tendencias culturales de actualidad.
