Crítica de Las tres hijas (His Three Daughters), un drama familiar muy reconocible

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Crítica de Las tres hijas (His Three Daughters), el drama escrito y dirigido por Azazel Jacobs protagonizado por Carrie Coon, Elisabeth Olsen y Natasha Lyonne. Estreno el 20 de septiembre en Netflix.
Hay que tener una sensibilidad muy especial para presentarte a tres personajes en un momento de absoluta crisis personal y familiar y hacerte comprender sus puntos de vista, muy alejados los unos de los otros.
Azazel Jacobs lo consigue en Las tres hijas, un drama muy especial que escribe y dirige reuniendo en pantalla a tras leonas de la interpretación como son Carrie Coon (The Leftovers), Elisabeth Olsen (Bruja Escarlata y Visión) y Natasha Lyonne (Poker Face).
Se trata de una película de corte teatral que ronda los 101 minutos de duración y nos lleva a conocer a tres mujeres distintas entre sí que abordan la inminente muerte de su padre de maneras muy distintas.
La mayor de ellas, Katie (Carrie Coon), tiene una personalidad controladora y una familia de la que se ha ido distanciando a medida que su hija ha llegado a la adolescencia y ha ido rompiendo puentes. Christina (Elisabeth Olsen) adora a su marido y a su hija de tres años, es afable y facilitadora, parece estar siempre en las nubes y es muy espiritual.
Por último, Rachel (Natasha Lyonne) es de carácter indomable. Ella es hija de distinta madre, pero fue adoptada siendo muy joven y es la persona que ha cuidado de su padre en los últimos tiempos viviendo con él en su piso, hasta que la enfermedad lo ha puesto contra las cuerdas y no ha quedado más remedio que aplicarle cuidados paliativos. Pasa los días fumando hierba y apostando.
A pesar de la enorme distancia que las separa por su forma de pensar, sus circunstancias personales y su manera de afrontar los conflictos, tienen algo en común: el amor por un padre que se les va y que va a obligarlas a convivir durante unos días y a acercar posturas para tomar decisiones.
Uno de los aspectos más reveladores de Las tres hijas es que las propias protagonistas cuentan que la muerte nunca se muestra como es en el cine, que nos da un versión glamourizada de uno de los momentos más humanos de nuestras vidas.
Ese último adiós de un ser querido que en la realidad asociamos con los grandes periodos de espera, las tareas administrativas y los alivios pasajeros: breves instantes de lucidez, la constatación de que no hay dolor en los momentos finales, ni un alargamiento innecesario de la agonía.
No hay una única manera de reaccionar a la tragedia: hay quien se evade y quien trata de atarlo todo para encontrar cierto consuelo. Hay quien se aferra a lo que ama y quien se encierra en su interior.

Azazel Jacobs pone el dedo en la llaga y resulta tremendamente convincente a la hora de crear un retrato de personajes tan apartados los unos de los otros que la película arranca con soliloquios en los que cada una de estas hijas parece una isla en sí misma. La realización va a en la línea de mostrar el camino que lleva cada una y que termina por unirse en un momento dado.
Entre tanto es fácil reconocer los rencores, los reproches y resquemores entre personas que abrazan un largo duelo y desconfían las unas de las otras imponiéndose a las bravas a veces, escondiendo su dolor otras. Vemos sus fortalezas y vulnerabilidades y es fácil llevárnoslas a nuestras vidas y experiencias. Nos hemos sentido así o conocemos a quien se ha sentido así.

El guión es muy lúcido pero lo que destaca es el privilegiado reparto, que consigue aportarle a la película una riqueza de registros inmensa. Sabemos y comprendemos perfectamente cómo se siente cada una de ellas en todo momento: nos generan rechazo o empatizamos con ellas según la ocasión porque pueden llegar a ser muy crueles, despiadadas incluso, pero también justas y afables.
En suma, Jacobs consigue mostrar lo que es una familia: un puzle difícil de encajar pero con suficientes cosas en común como para buscar un entendimiento imprescindible para alcanzar cierto grado de equilibrio.
Deja fuera el almíbar y los violines para enfrentarnos a situaciones más crudas pero también más verosímiles. Y hace honor a lo que cuenta, mostrando cómo, efectivamente, quizás aquello que da sentido a nuestras vidas nos lo llevamos dentro sin tener ocasión de compartirlo, dejando un vacío imposible de llenar. Aquello de que la muerte es la ausencia y el hueco que se deja en los otros.
Valoración
Nota 74
Azazel Jacobs crea una película que se configura como un estudio de personajes minucioso e íntimo, al punto de que todos ellos resultan tremendamente realistas y reconocibles. Magníficas interpretaciones y un viaje emocional que nos lleva a un impás desgarrador: la aceptación de la muerte.
Lo mejor
Las interpretaciones de Carrie Coon, Elisabeth Olsen y Natasha Lyonne. El universo asfixiante que crea la película es muy reconocible.
Lo peor
Es una película muy teatral: pocos personajes, pocas ubicaciones, sin florituras técnicas.
