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La opinión de
José Luis Sanz

Dinamic, el amor al arte y el gratis total...

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Hace algunas fechas, mi compañero Juan Carlos García escribió un acertadísimo artículo en su blog que recomiendo leer. Hablaba de la piratería, de sus consecuencias y, de paso, nos enseñaba con pelos y señales la cara más triste de un fenómeno que termina con el trabajo y los sueños de mucha gente. Pero no, tranquilos, no voy a hablar de piratería sino del amor al arte.

Hoy quiero acordarme de una compañía por la que siento verdadera devoción. Quizás tiene algo que ver que disfruté de sus juegos cuando a uno se le quedan verdaderamente grabados a fuego en la memoria esos pixels como garbanzos que bailaban por la pantalla de los microordenadores de 8 bits. Eran los años 80, la Edad de Oro de los Videojuegos en España y los chicos de los que os quiero hablar son Víctor y Pablo Ruiz. Los Hermanos Ruiz. Dinamic para entendernos.

Con ellos he vivido dos épocas muy distintas. La primera como jugón de a 875 pelas, apasionado de sus Abu Simbel Profanation, Camelot Warriors, Videolimpics, Olé Toro, Game Over, Army Moves y otros muchos. Títulos que sólo con pronunciarlos ya le ponen a uno los pelos de punta y que le transportan casi al instante a momentos únicos de tiempos donde los colores eran el menor de los problemas en un juego. Entonces, en los 80, les veía en las páginas de la gloriosa Micro Hobby, junto al Gabriel Nieto de Topo Soft y Las Tres Luces de Glaurung, o el Paco Pastor de ERBE, o los chicos del Sir Fred de Made in Spain.

A principios de los 90 me subí al carro del sector de los videojuegos y dejé de leerlos para empezar a verlos más de cerca. En carne y hueso. No dejé de ser jugón, pero empecé a ver la trastienda del mercado y a valorar muchas cosas que, cuando uno mira desde el escaparate, no acierta a imaginar. Una trastienda donde los emprendedores (palabro de moda) tienen que esquivar multitud de obstáculos hasta conseguir su verdadero, que no único, objetivo: ganar pasta o algo parecido. Dinero.

¡¡Ay, madre!!, dinero. Es pronunciar esa palabra y se monta la de San Quintín. Dinero no es sólo fortuna, riqueza o poder comprar un Yate que fondear en la bahía de Palma. Dinero es riesgo, poner tu casa como garantía, apostar por un juego, desarrollarlo y pegarte un castañazo porque no le gusta a nadie. O sí. Y entonces entra la piratería por la ventana, se lleva hasta la vajilla de la abuela y te quedas pensando que para qué te dedicas a esto. ¿No sería mejor ser el dueño de Megaupload?

A los chicos de Dinamic (como a otras muchas compañías) les han abofeteado decenas de veces. Les he visto tocar todos los palillos posibles. Entrar en los 16 bits de Amiga y Mega Drive con su Risky Woods (cuando vi la demo que le hicieron a mis compañeros de Micromanía flipé con tanto scroll parallax), volver escarmentados al PC y quedarse allí para siempre. Les he visto lanzar una cosa llamada PC Fútbol con Michael Robinson en la portada y venderlo como churros, o dejar atrás su marca de toda la vida, Dinamic, para transformarse en FX Interactive.

Y allí siguen. Pegándose con su viejo amigo del parche en el ojo y la pata de palo afilada gratis total en la taberna del P2P. Bueno, y ahora también zurrándose con la crisis. Y desarrollando una plataforma online propia (pronto la veremos). Y volviendo a programar juegos. Y rescatando del olvido viejas franquicias. Y confiando en la fórmula de vender juegos a precios bajos. Y cuidando sus productos. Y... y... y...

Está claro que hay mucho de amor al arte en esta trayectoria. Amor al pixel, a unos colores (ocho cuando empezaron, pero algunos más ahora), a crear, a ver realizadas sus ideas y, por supuesto, amor a contar el dinero que su trabajo debe reportarles. Por eso, ¿cómo es posible que el dueño de Megaupload viva millonariamente retirado en un paraíso fiscal, y que los miles de creadores que llenan de contenido sus servidores tengan que pedir permiso para reclamar que les paguen por su trabajo?

Viendo trayectorias como la de los hermanos Ruiz, Dinamic, FX interactive o como se llamen en el futuro, uno se rebela todavía con más fuerza contra el gratis total. Por que estoy seguro de que muchos de nosotros, ni valdríamos ni aguantaríamos la mitad de los obstáculos que han tenido que pasar para llegar hasta hoy. Amor al arte sí... pero no.

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