Análisis

Análisis de La-Mulana

Por Víctor Navarro
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Versión comentada: Wii

¿Cuándo fue la última vez que un videojuego te hizo sufrir? Hablo de rabia auténtica. De querer agarrar el mando y clavarlo fuerte en la pared. Hablo de lloriquear como si tuvieras cinco años, pero con más pelo y menos dignidad. De dificultad ochentera. La-Mulana es el primer juego que me hace sentir así en mucho tiempo.

Actualizado 01/09/2015: La Mulana es uno de los juegos de PS Plus de septiembre en PS Vita, por lo que os refrescamos su análisis (en versión Wii) para que sepáis lo que os espera en este juego independiente.

La-Mulana es un juego de 2005 para PC que imita en estética, sonido y mecánicas de los videojuegos del MSX. De hecho, no nos equivocamos mucho si decimos que es un hermano del Maze of Galious de Konami (1987) puesto hasta las cejas de batidos de proteínas. Lo que acaba de llegar a Wii es un remake del La-Mulana original, con gráficos renovados, un pixel art espectacular y detalladísimo en los fondos, banda sonora reorquestada y más contenido.

En los 80, la tecnología no permitía hacer juegos larguísimos, así que la duración se compensaba con unas cotas de dificultad muy altas, a veces exageradas. La-Mulana combina esta crueldad de los años de Robocop con un mapa inmenso que, en cuanto te despistas, desvela zonas ocultas que lo amplían todavía más.

Parece que La-Mulana se ha escapado de una época en que las carátulas de los videojuegos prometían cosas que no eran capaces de cumplir. Imitar descaradamente a Indiana Jones en pleno apogeo taquillero de la saga garantizaba la venta, aunque luego la calidad del producto fuera ínfima. La-Mulana también homenajea esta parte tierna del juego ochentero. La nostalgia es un buen pretexto para hacerse con él, pero está claro que no es el único ni por asomo.

Jugar a La-Mulana es difícil desde el minuto uno. La aventura de Lemeza (un Indy con ascendencia nipona que viaja con el MSX a cuestas) arranca en un pueblo a las puertas del templo que le da nombre al juego. Allí apenas nos explican nada y tenemos que buscarnos las habichuelas. Entender cómo funciona el juego, qué quiere de nosotros o qué hay que tocar para ponerse en marcha, es un proceso que puede llevarte veinte minutos o cuatro horas. Y cuando por fin sabes qué te está pidiendo, te sientes un semidiós.

Pero da igual que te creas un titán, porque el juego te baja los humos en seguida. Entender lo que hay que hacer no implica saber resolverlo. Entenderlo supone que ya tienes los recursos para encararte con puzles retorcidos, enemigos correosos y jefes finales impredecibles. Para superarlos se necesita algo más que eso: memoria, reflejos, habilidad y paciencia infinita. La sensación de que el juego es quien te domina a ti es recurrente. No te puedes creer que ese ‘boss’ te haya matado cincuenta veces y te proteges pensando que está trucado, que adivina lo que vas a hacer. Pero no. Sencillamente, no eres lo bastante bueno ni lo bastante listo. Es humillante.

Por eso las batallas contra bosses son épicas y exigen que lo des absolutamente todo. Solo después de docenas de repeticiones, entras en una especie de trance en el que el juego, el mando y tú estáis solos en el mundo. En esa hipnosis en la que solo hay pantalla y botones golpeados frenéticamente, al fin, consigues engendrar una partida perfecta que te tiene varios minutos sonriendo. Lo retro funciona así.

Pero La-Mulana tiene recursos para que no dejar al jugador atascado sin remedio. La exploración tiene un papel crucial y, si eres lo bastante hombre, puedes pasear por buena parte del mapa desde el principio. Muchas veces, la solución a cualquier mal es tan sencilla como darse una buena caminata. Porque el objeto que necesitas está a la venta en una de las tiendas escondidas por el templo, porque consigues nuevas armas y mejoras, o porque descubres algo que te ayuda a ver con claridad el puzle que dejaste atrás.

Incluso existe la posibilidad de resolver todos los enigmas que puedas de una sentada, acumular objetos y después enfrentarte a todos los jefazos de una vez. El juego es muy flexible en este aspecto. Y además consigue emocionar con cada área del templo que descubres.

Otro de los aciertos de La-Mulana es el inventario de Lemeza. La variedad de objetos, armas y programas de ordenador disponibles es descomunal. Estos ítems nos dan la oportunidad de fortalecer al protagonista con más salud, más velocidad, inmunidad a ciertos ataques, doble salto, agarrarse a las paredes… Estas ‘ayudas’ hacen llevaderas algunas tareas, pero el juego conserva el reto. Los puzles y los jefes finales siguen leyéndote la cartilla, aunque tengas la mochila llena.

Las armas y los power-ups se implican con inteligencia en los puzles. La-Mulana también te regatea así: busca a los objetos dobles usos que no son obvios y que pueden llevarte por el camino de la desesperación.

Este nivel de dificultad está muy estudiado y tiene resultados inmediatos: el mínimo éxito produce una satisfacción incalculable. La-Mulana te devuelve en forma de amor todo el sufrimiento que estés dispuesto a entregarle. El desafío puede  ser un inconveniente para algunos, pero para muchos será un estímulo potentísimo. Incluso el puzle más tonto puede conseguir que te sientas como si acabaras de escalar un 8.000 a la pata coja y sin oxígeno.

La-Mulana va a ser el último gran juego de WiiWare y seguramente uno de los títulos imprescindibles de esta consola. Si tienes claro dónde te metes y te sientes con fuerza, no deberías dejarlo pasar.

Valoración

La-Mulana es una joya independiente con sabor ochentero que puede tenerte ocupado durante treinta horas o más. Toma las mecánicas ochobiteras, les sube el volumen a 11 y las coloca en un mapa enorme.

Hobby

90

Excelente

Lo mejor

La dificultad. La-Mulana es una montaña rusa que te lleva de la frustración a la euforia

Lo peor

La dificultad. No es un juego accesible y los habrá que no puedan dominarlo nunca.