Crítica de Esa cosa con alas: Benedict Cumberbatch se topa con una metáfora del tamaño de un cuervo humano

Crítica
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Crítica de Esa cosa con alas, la adaptación de la novela de Max Porter con Benedict Cumberbatch convertido en un padre viudo al que atormenta un cuervo.

El duelo es extraño. Te cambia. Provoca que situaciones que antes no te costaba ejecutar se conviertan en un obstáculo. Que pierdas un poco la conexión con la realidad. Esa cosa con alas es una película sobre el duelo.

Trata sobre cómo este sufrimiento hace que te bloquees durante una conversación, que te abstraigas, que pierdas la noción del tiempo. El duelo te provoca pesadillas y al despertar no sabes lo que es real y lo que no, o sí lo sabes y por eso un sueño se convierte en pesadilla al reactivar tu dolor. 

El primer largometraje de Dylan Southern consigue enseñarte estas partes del proceso en su adaptación de la novela de Max Porter. Pero mostrar no es lo mismo que transmitir por mucho que se imponga su simple metáfora del cuervo, tan reiterativa que ya se le achacaba como un fallo a la novela original y que aquí se hace aún más imposible obviar por su imagen.

De Dickinson a Cumberbatch

Tanto el título del libro como su forma de presentarnos a este peculiar personaje que irrumpe en la vida de un padre tras perder a su esposa dejándolo solo con sus dos hijos, remite a un poema de Emily Dickinson.

La poeta estadounidense estaba obsesionada con dos cosas: una devoción prohibida por su cuñada Susan y la Muerte, a quienes dedicó muchos de sus poemas. Sin embargo, sus versos que comparten parte del título con Esa cosa con alas no se dirigen de manera explícita a ninguna de ellas, sino que exploran la esperanza retratada como un ave. 

Max Porter, y por consiguiente Dylan Southern, convierten a este ave en un símbolo más negativo, que analiza las diferentes etapas del duelo, torturando y acompañando al personaje de Benedict Cumberbatch, en un regreso inevitable a ese amor imposible y la pérdida a través de cuatro actos que se olvidan de la poesía y se vuelcan en lo evidente. 

Pero el cineasta intenta que además nos dé miedo. Algo que tiene sentido, porque perder a alguien asusta. Aunque, en su búsqueda de una ejecución que tome prestados ciertos elementos del género, no termina por potenciarlo. 

Así que el director juega con la presentación fragmentada de su supuesto antagonista, a quien no terminamos de ver definido al completo como un peculiar cuervo humanoide altísimo hasta que el metraje está algo avanzado en sus 98 minutos totales.

Al principio todo son planos detalles, primeros planos, movimientos fugaces de la cámara. Aunque eso no es lo más sobrecogedor de la propuesta, sino la integración de su espacio sonoro.

El cual está plagado de graznidos confundidos con chirridos, música disonante y jumpscares que logran provocar una tensión tan pasajera que pronto te has olvidado de ella porque nunca desencadena consecuencias reales, sólo suponen una llamada de atención que apenas logra aportar vida a su ritmo soporífero. 

Un sutil terror que acaba por disolverse a medida que la cinta sigue progresando y el cuervo deja de ser extraño para los personajes principales y para la audiencia, a medida que ese truco de confundir realidad con ilusión y ficción, por las páginas del cómic que está escribiendo el padre, pierde la sorpresa inicial. 

Un terror que abandona su forma

La cinta incide mucho en diferenciar dos tipos de dolor: el que sientes por el duelo y la desesperación, subrayándolo tanto como a ese cuervo de tamaño humano, como a la relación de aspecto de 4:3 de la película, que parece buscar una limitación del espacio para hacerlo más opresivo.

Se vuelve tan obvia que resulta insulsa, y se enfoca tanto en el dolor del personaje de Benedict Cumberbatch que el resto de las interacciones se abandonan a la superficialidad, siendo apenas posible distinguir cuál es la relación que tiene él con la gente que se cruza en su camino, una lista de extras que no contribuyen como apoyo al padre mientras se encamina solitario hacia la aceptación. 

Esa cosa con alas termina siendo una exploración sobre el duelo que se regodea en lo evidente, haciendo que pierda fuerza su pretensión poética próxima a las inspiraciones que toma como referentes y dé como resultado un largometraje que no acaba de encontrar su lugar entre el terror y el dolor

Ante este planteamiento, no parece accidental que Esa cosa con alas vaya a estrenarse en cines españoles el próximo viernes 31 de octubre, coincidiendo con Halloween

Valoración

Nota 53

Esa cosa con alas es una película aburrida que parece no llevarte a ningún lado mientras le da vueltas a la misma metáfora, queriendo ser poética pero al mismo tiempo dar miedo, sin lograr ninguna de las dos cosas.

Lo mejor

Sabe reflejar algunos momentos del duelo.

Lo peor

Se hace lenta y repetitiva.

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