Crítica de Good Omens 3: Hoy he visto el funeral de una serie que pudo ser maravillosa

Good Omens 3
Good Omens 3

Hoy he visto un funeral profundamente triste. El de una serie que muere antes de terminar realmente. No porque se funda con la nada —todas lo hacen—, sino porque se ha roto antes de cumplir su plan.

Good Omens presenta su tercera y última temporada reconvertida en película-evento; una suerte de requiem que barre los restos de algo que fue tremendamente especial.

Las polémicas que rodean a Neil Gaiman añaden una capa más de incomodidad a un resultado que, despojado de todo contexto, sigue siendo poco funcional... aunque recuerde parte de lo que un día fue en su última secuencia.

De aquellos polvos, estos lodos: Crowley (David Tennant) y Aziraphale (Michael Sheen) han visto su despedida reducida a un único episodio de apenas noventa minutos. Y el poco tiempo que tiene, lo desaprovecha.

Good Omens ya no parece infinita

La tercera temporada de Good Omens retoma la historia con un golpe de efecto narrativo salvaje a todas luces: el Segundo Advenimiento, el regreso del hijo de Dios, en medio de la separación entre ángel y demonio protagonistas.

Aziraphale ha ascendido en la jerarquía celestial para introducir una reforma que haga que los ángeles vuelvan a preocuparse por todos inspirado por las intenciones de Crowley, que se queda en la Tierra derrotado, beodo y emocionalmente devastado.

Pero la segunda venida de Cristo, para cualquiera que esté poco pendiente de la tradición cristiana, marca, precisamente, un nuevo apocalipsis: el del fin de los tiempos. El de la corrección y la cordura del juicio final.

Aquí viene el gran problema estructural del episodio de despedida: mientras la serie, de pura lógica, sigue creciendo en dimensiones filosóficas y morales, visual y narrativamente se va encerrando poco a poco entre espacios reducidos y un par de calles londinenses.

Good Omens 3
Good Omens 3

El resultado es algo casi teatral. Cuatro escenarios en rotación que cámara y efectos especiales intentan exprimir como si de una compañía cultural independiente se tratase. Pero no en el buen sentido.

La grandilocuencia de su historia se estampa con sus limitaciones visuales. Donde debería aparecer intimidad, aparece artificio, contradiciendo su propia identidad.

Un daño mortal para una serie con la personalidad de Good Omens. Porque su propuesta siempre ha vivido, precisamente, entre lo íntimo y lo cósmico. Como una buddy movie romántica disfrazada de sátira religiosa absurda a lo Book of Mormon.

Pero esta vez el equilibrio de esa balanza tan peligrosa se rompe y el universo pierde dimensión. Cielo e Infierno ya no parecen estructuras eternas, sino ridículas oficinas que sólo fingen grandeza metafísica.

Duele, precisamente, porque la serie venía de construir una identidad visual poderosa desde su lenguaje visual barroco y teatralizado. Lo contaba cuando vi su segunda temporada: Good Omens vive de la exageración plástica y de la química de sus protagonistas.

La sonrisa amarga de Crowley y Aziraphale

No hay temporada sin Tennant y Sheen. De hecho, no habría serie sin ellos. Son el refugio ante el juicio final.

Crowley sigue caminando como si la existencia le debiera dinero. Aziraphale vuelve a tener ese don casi imposible de convertir la bondad en una personalidad carismática.

Puedes hacer la prueba de su química: pon este episodio-película final a alguien que jamás haya visto la serie. Se quedará por su historia. Por ellos dos. Como todos nosotros. Y lamentará lo atropellado que es el final.

Se nota constantemente que había material para una temporada canónica y que han amputado tramas completas; hasta el propio Cristo himself se convierte en un Macguffin. 

Good Omens temporada 3
Good Omens temporada 3

Piensa sólo en el potencial que tiene, per se, la idea de traer a Jesús al presente para elevar la sátira en una época en la que Dios vuelve a vender discos. Pero Good Omens 3 no tiene tiempo para todo. 

El ingenio y la personalidad heredada de Pratchett siguen ahí, latiendo,  pero se nota la ausencia de una dirección creativa y narrativa clara. Contaminada externa, interna y, sobre todo, emocionalmente, la serie agoniza hasta desaparecer.

La tercera temporada de Good Omens asume que su historia nunca fue sobre el apocalipsis. Era de ellos, Crowley y Aziraphale. Y, quizá, por eso consigue emocionar en su final.

No he podido disfrutar de esta despedida. Sus dos primeras temporadas servían de refugio emocional entre tanta copia de producto. Pero el final dibuja una sonrisa amarga.

La honestidad emocional en la interpretación de Tennant y Sheen es la que hace justicia por los personajes y su historia. La que da algo de alivio entre tanta decepción.

Esta despedida no hace justicia a todo el ingenio visual, narrativo y sentimental que convirtió a Good Omens en una rareza maravillosa. Pero sí hace algo de justicia por Crowley y Aziraphale. Visto lo visto, era lo único que realmente podía salvarse.

Valoración

Nota 60

La tercera temporada de Good Omens se despide atropellada y mutilada por las polémicas de Neil Gaiman, aunque Tennant y Sheen logran salvar su corazón emocional.

Lo mejor

Por si no había quedado claro: David Tennant y Michael Sheen son toda la serie, pero más su final.

Lo peor

El formato película mutila su potencial y la pérdida de escala visual que rompe la identidad fantástica.

Mostrar comentarios

Comentarios