Crítica de Una casa llena de dinamita, una película cliché que consigue hablar sobre una amenaza real

Crítica de Una casa llena de dinamita, el nuevo thriller de Kathryn Bigelow protagonizado por Idris Elba y Rebecca Ferguson, que llega hoy a Netflix.
El destino de Estados Unidos no me podría importar menos si hablamos de la enésima película apocalíptica en la que se plantea una hipotética amenaza armada contra el país de Donald Trump. De nuevo Hollywood mirándose el ombligo, creyéndose el centro del universo e ignorando todo lo demás. Una casa llena de dinamita de Netflix empieza siendo así, sin ofrecer nada nuevo.
Un montón de gente trajeada y con auriculares mira pantallas en las que se mueven símbolos con cara de circunstancia desde la Casa Blanca. Estados Unidos corre peligro. ¡Otra vez! Ahora por culpa de un misil nuclear de origen desconocido que no ha podido ser interceptado por los antibalísticos, haciendo que se encamine directo a Chicago.
Los agentes para configurar esta narración son un grupo de personas ocupando diferentes cargos de poder que se han visto atravesadas por la situación y están tratando de hacer algo para detenerla.
La cinta pasa muy encima de todos sus personajes, retratándolos de forma tan plana que se hace difícil empatizar con ellos a un nivel profundo. Plantea estereotipos: el que rompe con la novia, la que tiene un hijo enfermo, el que le va a pedir matrimonio a su novia, el que ha discutido con su hija...
Son demasiadas personas, que no evolucionan, a las que vemos un rato antes de pasar a las siguientes, lo justo como para que sepamos que tienen una vida más allá de su trabajo por la que merezca la pena vivir.
Por eso Una casa llena de dinamita tiene una trama inicial que me da igual, que no aporta nada al cine de catástrofes hollywoodiense que todo el mundo hemos visto hasta ahora. Pero entonces entendí que la película no es la historia de nadie, sino de la guerra y sus consecuencias.
Plot twist

Crear personajes estereotípicos a los que deja de prestar atención no es un error, más bien un arma para introducirte en su verdadera narrativa, una que quiere aproximarse a la realidad no sólo desde el planteamiento de los dilemas morales a los que se enfrenta su elenco coral sino también desde su apartado visual.
La cineasta Kathryn Bigelow nos acerca al momento de máxima tensión que se está experimentando en la Casa Blanca y el Pentágono con cámara en mano a lo largo de sus 112 minutos de metraje para darle mayor verosimilitud.
No pretende buscar el aspecto de un documental, pero sí jugar con el tipo de recursos que lo hacen más cercano a él, como por ejemplo la introducción de zoom ópticos en lugar de travellings.
Tras una serie de montajes paralelos que tan sólo aportan a ese superficial enriquecimiento de sus protagonistas, la cinta se vuelve más interesante al proponerte un paso a atrás en dos ocasiones, para descubrir cómo se resuelve el conflicto desde diferentes ángulos.
Ya sabes lo que va a ocurrir, porque lo acabas de ver. Y, sin embargo, la tensión aumenta, porque has dejado de ver tan sólo a la gente trajeada mesándose los cabellos para empezar a visionar lo que de verdad importa: cómo se toma la gran decisión.
La verdadera intriga que plantea la película no es si Estados Unidos será capaz de detener el misil enemigo que está a punto de arrasar con Chicago. La pregunta que lanza es más poderosa: una vez impacte, ¿hay que contraatacar o no?, ¿qué traerá peores consecuencias?

Tal y como hemos ido viendo hasta ahora, lo peor es que la respuesta no depende de ti: la tiene ese grupo imperfecto de personas a las que apenas conoces, pero que son tan humanas como tú o como yo, gente con miedos, con preocupaciones y situaciones particulares que están ahí y deben tomar acción guardando las apariencias, como si nada de eso les afectara.
Aunque, en última instancia, el presidente de Estados Unidos, un único individuo, es quien tiene la potestad para decidir cómo se va a proceder; con un documento para jugar a la guerra puede elegir a quién ataca en caso de crisis y con qué intensidad, reduciendo el mundo a cifras, con la posibilidad de iniciar una Tercera Guerra Mundial.
De ahí que el destino de Estados Unidos empiece a importarme. Porque ha dejado de ser cosa tan sólo de Estados Unidos. Porque sabemos quién está al mando ahora. Porque es algo tan plausible que podría ser real y acabar afectando más allá de sus fronteras, con la tensión de la película permeando en la vida real.
La banda sonora de Una casa llena de dinamita es un crescendo constante que jamás se resuelve, al igual que la propia película, en un final que molesta pero que tiene sentido para no llevarte a su clímax, que quiere dejarte en suspense. Puede que sea uno de los pocos largometrajes en los que no me chirríe que no se aclaren las cosas, porque hay un buen propósito detrás.
Una casa llena de dinamita tiene un estreno limitado en cines a partir del viernes 10 de octubre, para luego sumarse al catálogo de Netflix a partir del próximo viernes 24 de octubre.
Valoración
Nota 76
Cuando le coges el ritmo y te adentras en la propuesta, Una casa llena de dinamita es buen ejemplo sobre cómo las decisiones creativas cuestionables no lo son tanto si están reforzadas por una intencionalidad consistente.
Lo mejor
Le da la vuelta a tus expectativas según avanza.
Lo peor
El primer tercio de la película es insulso.


