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La opinión de
Jesús Delgado

¿Qué hay de malo en el cambio de sexo y etnia en películas y series?

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¿Qué hay de malo en el cambio de sexo y etnia en películas y series? Parece que hay muchas personas a las que les molesta en exceso y hace comentarios bastante fuera de tono y absurdos acerca del tema. ¿Y tú qué opinas?

Ya desde hace un tiempo para acá parece que a cierto tipo de personas le viene turbando su paz eso de que en representaciones de personajes clásicos se cambie el sexo o la etnia en películas, series o cómics. Esto, como uno se puede imaginar, ha creado bastante flame en Internet, mensajes en muchas ocasiones hostiles, en los que se ataca el hecho más allá de mostrarse disconforme. 

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Sobre lo del flame habría que dedicar una tésis doctoral al menos, para explicar el comportamiento de ciertas personas cuando se les deja un teclado (amigos antropólogos, tomen nota: aquí hay un campo fértil que no deberían dejar de estudiar). Si queréis mi opinión sobre estas prácticas, leed mi blog sobre acoso en Redes Sociales y "lo contento que me tienen". Por ahora vamos a pasar a desarrollar la cuestión que motiva esta columna de opinión: ¿Qué hay de malo en el cambio de sexo y etnia en películas y series?

Así, de entrada, mi respuesta diría que nada. Pero todo se puede matizar y explicar, porque sí, hay casos que se deben al buenrollismo mal entendido por parte de la gente responsable del reparto o de los departamento de Marketing (sobre todo de estos últimos). Y, aún así, no creo que sea culpa del actor o actriz, en modo alguno.

Luego claro está, están las rabietas de algunos, que se traducen en las críticas y ataques que lleva tiempo sufriendo Zendaya por su MJ en su papel de Spider-Man: Homecoming y en Lejos de Casa o en la bilis y úlceras que explotado tras la revelación de quién será la nueva Sirenita en el próximo Live-Action de Disney o la que le cayó a a la actriz de Starfire en la serie de Titans. Pero no adelantemos nada. Vamos paso a paso

Aprende a compartir tus juguetes

Que un señor de más de cuarenta años, hijo de su tiempo, no entienda y le cueste asumir el cambio de sexo y etnias de ciertos personajes en la ficción, es algo que se puede comprender. Cada uno es hijo de su generación y es irrisorio la asunción de ciertas construcciones cognitivas actuales en una sociedad como fue la de las décadas 70 y 80 en España.

Lo que en cambio sí me preocupa, es que los planteamientos de estas generaciones, cuyas realidades de referencia son bastante diferentes a la actual, hayan sido asumidas por gente joven que, por ende, se las considera más permeable al cambio y a la aceptación de cambios sociales.

Sin embargo no es así, ya que es bastante común que personas jóvenes en Internet (principalmente chicos) asuman posturas de señor  gruñón de mediana edad. ¡Y os lo dice un viejo cascarrabias congénito! A esto, por cierto, hemos de añadir que se hace uso de unas formas que curiosamente son del todo contrarias a aquellos valores que la gente mayor echa tanto en falta. 

La mayor parte de las ficciones en cine, literatura y series que se han celebrado durante los dos últimos siglos han sido, principalmente realizadas por individuos blancos o aculturizados en Europa y Norteamérica. ¡Y es normal! En los siglos XVIII y XIX (y parte del XX), el continente europeo y el subcontinente americano fueron los dos principales focos de poder global, en detrimento de grandes imperios como China, que ahora vuelve a estar en lo alto de la ola.

El Imperialismo, por razones político-sociales obvias, perpetuó un modelo en el que el individuo blanco (normalmente varón) ocupaba los principales roles en ficciones y, salvo casos concretos, los representantes de otras etnias y las mujeres, quedaban relegados a roles secundarios, de antagonistas o de protagonistas eventuales. Sirva como ejemplo que confirma la norma, el del autor negro que logró triunfar entre blancos: Alejandro Dumas.

Ojo, con esto no digo que haya que cubrirse "culpa blanca". Mis pobres expectativas de la condición humana y de sus miserias no me ayudan a sentirme culpable por los actos de antecesores de hace más de tres generaciones. Principalmente porque mi juego de valores morales y el contexto en el que vivo son muy diferentes. Pero precisamente por estos, soy consciente de que las cosas no están como cuando Occidente cortaba el bacalao y que nuestras obras de ficción debe reflejar los valores del mundo en el que pretendemos vivir y la realidad social que se busca. 

Creo recordar, no en vano, que algo de esto ya lo comenté en cierto blog de opinión sobre cómo nos cambian los dibujos de nuestra infancia, y me da un poco de risa floja el tener que volver a repetirlo: Los caucásicos, independientemente de la nacionalidad, ya no colmamos el espectro demográfico, ni siquiera en nuestro países de origen. En poco menos de una o dos generaciones compartiremos la "tarta" con otras etnias: africanas, asiáticas, indianas... En EEUU, de hecho, la población latina ya ocupa casi un tercio de la base demográfica del país, muy por encima de los afroamericanos, que rondan el 15%. 

Y en tanto, hablando de sexo o de género, el varón ya no es el principal actor social. La mujer durante el siglo XX, ha llevado a cabo una paulatina incorporación al mundo laboral, que en algún momento llevará a una verdadera paridad... ¡qué ya es hora! Por eso, es normal que los personajes femeninos vayan teniendo también más peso y no se limiten únicamente al papel de madre, hermana, interés romántico o dama en apuro. Sino todo en uno. 

De la mano de esta consideración, está el tema de la sexualidad, no nos olvidemos de ello. Incluso a día de hoy en buena parte del mundo ser gay, bisexual o transgénero (por poner ejemplos de manual, sin irme a casos que ni yo acabo de entender como el de género fluido) es motivo de persecución, delito penal o, incluso, ejecuciones públicas y linchamientos. ¿Acaso no merece cierta normalización en medios de masas para que las próximas generaciones no vea como monstruos alienígenas u objeto de pornografía dura a dos mujeres de la mano besándose por la calle? Solo pregunto, ojo, no señalo a nadie.

Seamos francos (como alguien diga "Lo tengo atado y bien atado", prometo reírme), el mundo no es cómo era cuando muchos de nosotros éramos niños. No digo que tenga que gustarle a todo el mundo, pero sí hay que aceptarlo. Es una regla básica que nos enseñan en jardín de infancia y que, trágicamente, olvidamos rápidamente: Hay que compartir los juguetes

Por eso mismo, si ahora hacen una sirenita negra... Bueno, partamos del hecho de que las mermaids del folkore nórdico, que inspiran el relato de Andersen y la película de animación de Disney, son un préstamo de las sirenas griegas (que eran monstruos lovercraftianos devoradores de hombres) con el que se explicaba la presencia de manatíes en ciertas aguas... tampoco es que nos tengamos que rajar las vestiduras por tema de coherencia.

A lo mejor, al margen de que el remake sea o no innecesario o del mensaje erróneo de la película, hay una generación de niñas negras que merecen tener SU propia princesa. Además partiendo del hecho de que la Sirenita es un personaje FICTICIO, ¿qué más daría que fuera interpretado por una actriz lapona o inuit, llegado el caso?

En ocasiones, además, ¿qué importa si un personaje masculino es feminizado? ¿Acaso a alguien le molesta que Judi Dench fuera una de las grandes M de Bond? ¿O que Jane Foster fuera Thor durante un tiempo? O, espera, hablemos de sexualidad ¿Qué tuvo de malo que Míster Negativo de La Patrulla Condenada fuera revelado como homosexual con un pasado turbio gracias a Grant Morrison? ¿O que el clan West se representara como una familia afroamericana, siguiendo el patrón de The Flash en el reboot de los cómics de 2012?

La verdad, nada. Por mucho que haya quien gruña y disienta. Hizo interesantes sus películas, series y cómics y presentó una diversidad que hacía falta en historias que requerían un enfoque diferente y que le tomara el pulso a la sociedad actual. 

Los peligros del buen rollo

A ver, con todo, hay que hacer incisos y creo que sí, que, dando una de cal y otra de arena, también es cierto que muchas veces se nos va de las manos el tema de la inclusión y que no todo vale. Un caso que se me viene a la mente, por ejemplo, es el de hacer al Hombre de Hielo homosexual inesperadamente, sacándolo del armario de un día para otro y sin previo aviso.

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En mi opinión había formas más inteligentes y orgánicas de hacerlo y también menos gratuitas. Por ejemplo, proponiendo un romance inesperado entre el personaje y otro miembro del grupo, lo que daría pie a un discurso sobre dudas y sexualidad, roles sociales, etc... que hubieran sido mucho más ricos e interesantes que hacer a Bobby Drake gay de la noche a la mañana. O incluso, si queréis un golpe maestro, el introducir a un nuevo personaje de clase A que representase al colectivo LGTBI en el equipo y que su atractivo no fuera únicamente repetir que es miembro de este colectivo (otra práctica sobada, como ocurrió con la última companion del Doctor Who de Peter Capaldi, por cierto),

Luego, a regañadientes, he de aceptar que quizá la elección de los actores de Heimdall y Valkiria en las películas de Thor no fuera la más acertada, por aquello de que se supone que los asgardianos de los cómics son una suerte de raza con parecido étnico razonable respecto a pueblos lapones, escandinavos y germanos. Pero habida cuenta de que el pueblo de Asgard del Universo Cinematográfico de Marvel son, más menos, "marcianos", creo que podemos aceptar la premisa. 

Hay muchos otros ejemplos, pero no quisiera extenderme más. Creo que ha quedado claro lo que os vengo a decir: está bien y es necesario que aprendamos a compartir espacio y que haya representación. Pero, cuidado, la clave está en hacerlo bien y no subirse al carro sin saber de lo que hable. Muchas veces, es necesario no solo la buena intención, sino hacerlo sabiendo lo que se hace.

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