Crítica de Black Mirror Temporada 7: cuando la distopía se vuelve humana (y por eso da más miedo)

Cuando Black Mirror no necesita ofrecer terror en la distopía porque la propia realidad está cada día un paso más cerca de rendirse a la miseria tecnológica.

Como el olor de un perfume, el sabor de una comida o el calor del sol entrando por la ventana. Regresar a una serie longeva es volver a encontrarte contigo mismo, con los días de éxtasis en su descubrimiento, pero también con el desencanto que puede aparecer cuando se desvanece el hechizo.

El fenómeno internacional que cautivó aterrorizando con un futuro distópico que podrías acariciar alargando el brazo. La siempre estimulante Black Mirror estrena su séptima temporada en Netflix y vuelve a demostrarse precisa y capaz de encontrar la belleza y el pulso que la llevaron a la cima.

El propio Charlie Brooker, creador de la serie, dice que la nueva temporada es un retorno a las raíces, a aquello que la convirtió en un fenómeno a imitar y de la que surgió ese nuevo género propio con el que empezamos a recomendar productos bajo la etiqueta de "es rollo Black Mirror".

Como el despliegue artístico en animación de Love, death & robots, la asiática Pesadillas y ensoñaciones de Joko Anwar o el terror de El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro, todas disponibles en Netflix, demuestran que el formato puede seguir siendo inspirador.

Sólo faltaba que la propia Black Mirror recuperase, precisamente, la esencia diluida en las temporadas 3, 4 y 5; ese pulso narrativo tan evocador que alimente conversaciones y debates sobre la ética de un ser humano dispuesto a claudicar ante el atajo y la dependencia tecnológica.

La temporada 7 nos trae seis nuevos episodios de aproximadamente una hora de duración salvo el último, con el esperado regreso del USS Callister que llega en formato de 90 minutos para recordarnos que todavía se puede hacer cine en menos de los arquetípicos 120.

Una vez subidos a la montaña rusa, ya sabes lo que viene: episodios que suben, otros que bajan, pero siempre espoleados por la exquisita reflexión sobre la dependencia tecnológica y la innovación narrativa distópica que vuelven a hacer de Black Mirror una serie imprescindible.

Black Mirror con notas de esperanza

Han pasado 14 años desde el estreno del primer episodio de la antología de ciencia ficción distópica por excelencia. Más de una década que se ve reflejada en los nuevos episodios en forma de easter eggs: desde San Junípero en el letrero de un bar hasta las abejas robotizadas o recogiendo el testigo de su experimento interactivo de Bandersnatch.

Con episodios independientes, una de las primeras dudas para cualquier viejo seguidor de la serie es en qué orden ver los episodios de la nueva temporada de Black Mirror. Lo cierto es que el equilibrio que ofrece su orden natural es prácticamente perfecto.

Arranca con Gente corriente, protagonizado por Rashida Jones y Chris O'Dowd en una historia de romance, disputa y enfrentamiento con la más pura representación del capitalismo moderno. Una historia que nace, vive y muere con el dolor como su principal resorte lanzando dardos al sistema de suscripciones y su jerarquía de esclavitud, pero, sobre todo, a la sanidad privada.

Charlie Brooker lanza un órdago en forma de sátira al sistema de "Tiers" alojándose de forma particularmente paradójica en un servicio de suscripción como Netflix, transportando, además, el concepto de los planes directamente a un soporte vital. O pagas, o estás muerto: el plan de suscripción a la vida.

Junto con Eulogy, el quinto episodio, y gracias a la exuberante y emocionante actuación de Paul Giamatti, conforman el tándem más puramente sentimental de la temporada, coronándose como las dos propuestas que devuelven el latido humano que se había difuminado en la serie.

Es un viaje por los retales de otra historia de amor, cortejando a ¡Olvídate de mi! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind) y al Cuento de Navidad de Charles Dickens. Phillip, el personaje de Giamatti, reconstruye la imperfecta aventura con Carol, quien siempre será el amor de su vida, lleno de errores, malentendidos y una naturalidad que a menudo se escapa de las historias de Black Mirror.

Los dos episodios funcionan como la luz y la sombra de la esperanza en la temporada, muy del terreno emocional de San Junípero: el ser humano puede no estar completamente perdido entre miserias tecnológicas.

Su melancolía tan desgarradora y el duelo por la pérdida son, como decía al comienzo de estas líneas, como la luz que calienta el alfeizar en una mañana de invierno. Un cobijo reconfortante para un dolor imposible de sanar, pero que devuelve volumen a la serie.

El apocalipsis más tecnológico lo ofrece Juguetes (7x04), que también es inevitablemente el peor episodio de la temporada. Es el enlace con Bandersnatch; una historia vinculada al mundo de los videojuegos con guiños a lo retro que harían emocionar a cualquier viejo amante de Hobby Consolas.

Pero no te emociones antes de tiempo. Peter Capaldi hace las veces de un friki obsesionado con un videojuego nunca distribuido nacido de las manos Colin Ritman (Will Poulter) que iremos descubriendo en una narración mediante flashbacks.

La propuesta, sencillamente, no funciona. Parte de una premisa potente vinculada, además, con el «lore» de Black Mirror, pero tarda un mundo en hacer interesante su concepto de la mente colmena tecnológica como respuesta a la visceralidad, la violencia y el fanatismo que lo vinculan a la actualidad.

El sobresaliente lo terminan de rematar Bête Noire (7x02) y Hotel Reverie (7x03). El primero es una potente reflexión al gashlighting y el efecto Mandela que algunos usuarios en redes sociales dicen estar coqueteando con romper la cuarta pared al ofrecer distintas versiones del mismo episodio.

Un Efecto Mandela de manual, como queda referenciado en los diálogos del propio episodio. Aunque te dejará con la miel en los labios del verdadero poder sobre el que gira el episodio en el clímax y pierdas parte de la jugosa tensión acumulada en el episodio, el viaje de desconcierto e incomodidad bien merecen la pena.

Para el segundo estamos a caballo entre las virtudes emocionales de Eulogy y Gente corriente y la aberración derivada de la tecnología que nos toca de forma más cercana como en Caída en picado (3x01, con Bryce Dallas Howard en guerra con las redes sociales), pero con su diana puesta en el devenir del arte.

La oportunidad es perfecta en plena fiebre del nuevo movimiento cuñado de internet con la recreación artificial del estilo de Miyazaki y la potencial destrucción de lo único que nos hace eternos: el arte.

Aún así, el episodio de Hotel Reverie se vuelve ciertamente denso, con menos inspiración para sacarle el jugo al concepto. Un acierto su representación en el blanco y negro del cine clásico, pero el resultado es una historia que puede resultar artificial a pesar de su trascendencia.

La temporada cierra con un potente guiño de nostalgia: el regreso de la tripulación del USS Callister de la cuarta como secuela directa en USS Callister: Infinity (7x06). Uno de los episodios más populares basados en videojuegos que ha sido también uno de sus principales reclamos comerciales.

La serie hace bien en resumir rápidamente el episodio original que cumple en 2025 ocho años desde su emisión. No es que su historia sea la más profunda, pero atormentados por cientos de lanzamientos por semana, se agradece. 

Esta vez apuestan por la aventura, reduciendo en gran medida su moraleja para potenciar el apartado técnico y artístico de la serie. Es un episodio contradictorio: es el menos "rollo Black Mirror", pero con su duración se convierte en una aventura de ciencia ficción funcional.

Coquetea con ser lo más flojo de la nueva remesa; no tanto por ser un desastre, sino por su escasa vinculación con el espíritu de la serie. Si te gustan los videojuegos, coquetea con la fórmula del MMO, y poco más. No es un problema de ejecución, sino de traición hacia el principio antológico de la serie.

El peligro está en claudicar

Black Mirror siempre será un imprescindible. Charlie Brooker y el equipo de cada temporada no siempre consiguen el mismo grado de acierto, pero entre cada remesa asoman conceptos y reflexiones interesantes, afiladas y potencialmente reales.

Incluso en cada error, la serie lanza preguntas que aún merecen hacerse. Puede que sus distopías no nos suenen tan aterradoras después de siete temporadas; puede también que sea la propia realidad la que nos las regala a diario.

Más de una década después, la serie es más humana, más cálida y, sí, definitivamente más triste. Si hasta Black Mirror empieza a plantear finales menos agrios en un viaje igualmente desgarrador, tal vez lo distópico ya no sea la ficción.

Valoración

Nota 80

Recupera el pulso original haciéndolo más humano y melancólico, con sorprendentes notas de esperanza e igualmente inquietante. No todas sus propuestas brillan, pero siempre despierta estímulos y preguntas hacia la miseria tecnológica.

Lo mejor

El pulso emocional más humano de Gente corriente y Eulogy y su capacidad lanzando preguntas incómodas sobre nuestra relación actual con la tecnología.

Lo peor

El intento de utilizar la secuela como reclamo comercial debilita el espíritu antológico de la serie y rompe su capacidad de sorprender.

Black Mirror (Serie de TV)

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Compañía

Netflix

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