Crítica de Dime tu nombre, de Prime Video: el miedo y el racismo todavía por exorcizar

Todavía creemos que los demonios vienen del infierno, cuando viven en nosotros: Dime tu nombre estrena en Prime Video una historia de terror religiosa que brilla más por su atmósfera que por su ritmo.

Siempre he sentido una filia muy particular por la religión en el cine. La espiritualidad y el misticismo, trabajadas con el mimo con el que Martin Scorsese nos regaló Silencio o las icónicas Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador, pueden ser arrebatadoramente embriagadores.

Para el cine de terror, por otro lado, es su cornucopia de inspiración. La fe, el pecado y la culpa han sido el vehículo para que historias como Dime tu nombre, la nueva serie de Hugo Stuven para Prime Video, lleguen para seguir la tradición del miedo más clásico ahora en nuestras casas.

Dime tu nombre tiene su propia voz en el terror: el duelo entre dos religiones, dos culturas y dos demonios que, en realidad, son el mismo, para trascender al nombre de sus profetas. Esa es la promesa; no tanto lo que obtendremos después de ver sus seis episodios de 50 minutos.

La premisa tiene su parte de parábola moderna. España, 1997; un grupo de temporeros magrebíes llega al pequeño pueblo agrícola Río Blanco, en Toledo, para instalarse en una aldea abandonada cercana llamada Fuensanta. En convivencia forzada con los habitantes de Río Blanco, todo salta por los aires cuando abren la puerta a los demonios que duermen, literalmente, bajo su tierra.

Sonia (Michelle Jenner) trabaja en su ONG para proteger los derechos de quienes sólo buscan hogar y trabajo frente a las acusaciones racistas de quienes ya vivían atenazados por el demonio del miedo. Junto al párroco cristiano (Darío Grandinetti) y el imán (Younes Bouab), se enfrentará a algo más antiguo que cualquier religión: un mal sin nombre... o con todos los nombres.

La serie utiliza el conflicto espiritual, racial e incluso generacional para preguntarse si los demonios que nos atormentan vienen del infierno o del miedo al otro, construyéndolo a paso excesivamente lento en una atmósfera fotográfica capaz de levantar la temporada por sí sola.

Dos religiones, un mismo miedo

La religión es el atajo favorito del terror. Stuven, sin embargo, quiere utilizarla con un fin que parece apuntar más alto: no es necesaria como iconografía grotesca, sino como un cruce simbólico que enfrente las similitudes y diferencias de un catolicismo decadente y un islam migrante.

Ambos rezan, ambos temen, ambos se miran con desconfianza. Diría que como la España de los 90, pero también como la España de hoy. La premisa, sobre el papel, es brillante, evocando en tono y forma a 30 Monedas de Álex de la Iglesia, pero desde una perspectiva más terrenal y contenida.

La fotografía de Ángel Iguácel (Las abogadas, Los Farad) tira del carro, haciéndonos respirar la aridez del desierto y palpar las grietas morales del pueblo con una paleta exquisitamente opresiva. Es el verdadero valor de la serie, el punto que sirve de ancla para mantenerse en pie.

La imagen invoca a la vigilia, utilizando la luz diegética de las velas y las lámparas para modelar a los actores con sombras densas y una textura que encaja en el cuadro de una iglesia. La ejecución, por otro lado... es irregular; Dime tu nombre no puede vivir sólo de las apariencias.

Los dos primeros episodios son un prólogo magnífico que asientan las bases de la atmósfera, el objetivo narrativo y la profundidad de los personajes principales que van a ser el vehículo de su reflexión moral-religiosa. A partir de ahí, se viene abajo.

La progresión dramática queda a un lado y sus episodios centrales quedan instalados en el mismo estado de suspensión que las partículas que flotan delante de la lente. Las revelaciones se retrasan, las conversaciones repiten lo que la imagen ya nos anticipaba, se ofuscan las respuestas de forma explícita y el misterio se dilata hasta agotarlo.

Hay un buen trabajo interpretativo protagonista —kudos a Michelle Jenner—, un contexto cultural arraigado y un objetivo de reflexión moderno —del que hablo más adelante—; faltan nodos que empujen la historia, que nos saquen de su exceso de contención para que el contraste enriquezca sus ideas. Falta, precisamente, terror.

Conflictos como el de Sonia con el párroco y el imán para hacer avanzar la trama dan vueltas hasta tres veces antes de mover ficha. Lo mismo pasa con subtramas que terminan en el vacío como la del batería que trabaja en la parroquia.

Uno de sus rasgos más potentes es la lectura sociopolítica que hace de la xenofobia estructural de una sociedad occidental, en este caso la española, que nunca ha dejado de temer al diferente. Su ambientación en los 90 no hace sino recordarnos el racismo soterrado que tiene un papel protagonista en 2025.

Es algo endémico de nuestra forma de hacer: barrer las vergüenzas bajo la alfombra hasta que revienten bajo nuestros pies. La serie coquetea con el thriller moral más que con el terror sobrenatural, dando pasos hacia un diálogo interreligioso que acaba reducido a puro exotismo efectista cuando toca resolver la trama.

Dime tu nombre es una fusión de horror teológico, comentario social y drama rural, con una puesta en escena sobria y pictórica que privilegia la atmósfera sobre la acción. Su gran caballo de batalla es el ritmo, que reduce el interés por el mensaje que con tanto criterio introduce inicialmente.

Su solemnidad es, a la vez, su virtud y su condena: eleva el cliché de la iconografía religiosa para aprovecharla como elemento narrativo, pero deja la narrativa en un estado de letanía que se hace pesado. La forma reza más que la historia... y el miedo se vuelve contemplación.

Valoración

Nota 60

Dime tu nombre es una propuesta fusionada de terror teológico con reflexión social que vive de la magistral atmósfera que crea su fotografía, pero que se pierde en su propia contención. Fascina más por lo que promete que por lo que entrega.

Lo mejor

Toda la serie sube a bordo de la fotografía que construye una atmósfera exquisita para que sus actores brillen.

Lo peor

La serie se duerme en los episodios centrales, da vueltas sobre sus conflictos y la solemnidad acaba convertida en su caballo de batalla.

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