Crítica de The Studio: el mejor Seth Rogen vuelve en la comedia del año para los aficionados al cine

A Hollywood le gusta tanto hablar de sí mismo en tercera persona como a ese amigo tan insoportable que, pese a todo, sigue siendo tu amigo. Lo mismo pasa con The Studio.

Sólo tienes que ver y sentir los primeros minutos de The Studio para saber que ha vuelto el mejor Seth Rogen. Cogido del brazo de infinitas referencias explícitas al cine de Hollywood, el circo de artificio y exageración más lucrativo del mundo se convierte en una de las comedias más divertidas del año.

Apple TV+ para, por favor, que me enamoras. El catálogo de la plataforma está plagado de joyas exquisitas del género de la ciencia ficción con Separación como su actual buque insignia, pero la comedia de Ted Lasso fue una de sus primeras grandes valedoras.

Después de meses de lanzamientos de éxito como Silo, Terapia sin filtro o Fundación, ahora es Seth Rogen el que coge la batuta para crear y protagonizar la que ya es una de mis recomendaciones fundamentales para este año.

Acompañado por Evan Goldberg, su pareja de baile también en la creación de The Boys, su nueva serie tiene mucho de los trabajos previos de ambos cineastas: la naturalidad de Supersalidos, el desparpajo de La fiesta de las salchichas o el nivel de producción de la propia The Boys.

Da igual que seas más o menos aficionado al cine para disfrutar del ritmo imparable de sus episodios que no llegan a los 50 minutos de duración, pero cuanto más te apasione Hollywood, más te vas a enamorar de esta nueva y ambiciosa comedia de Apple TV+.

Decía ver, pero, sobre todo, sentir. Porque The Studio te lanza a la cara de forma tan explícita como sus dardos a la industria que quiere llevar el ritmo onanista del plano secuencia con una percusión de fondo que te hará recordar a Birdman. El chiste se cuenta solo cuando te enteres de que es obra de Antonio Sánchez, el mexicano que ha compuesto ambas bandas sonoras.

Ejecutivos al borde de un ataque de arte

Seth Rogen es Matt Remick y su vida está a punto de convertirse en un caos insoportablemente absurdo y divertido. Como nuevo y flamante director de Continental Studios, va a tener que tragarse sus palabras, sus ideas y su ego. Pero no se lo va a poner fácil.

Matt es un tío al que le gusta el cine. Mejor: un tío al que le gusta decir que le gusta el cine. Los planos secuencia, las reverencias a Orson Welles, el pack completo del esnob del séptimo arte. Pero al estudio que dirige hay algo que le gusta más que el cine: el dinero.

Bajo la amenazante vigilancia de Bryan Cranston como Griffin Mill —el mismo nombre con el que Tim Robbins protagonizó The Player en el 92 para hacer su propia sátira de Hollywood—, el CEO del estudio, ahora va a tener que hacer pelis, no cine.

Tiene que ser el verdugo de todo lo que con ama con tanta pomposidad, aumentando más la brecha entre la Academia y el público ofreciendo palomitas que traigan varios miles de millones de euros en vez de nominaciones. Pero Matt tiene un problema: el narcisismo.

La serie es una oda al cosmopaletismo: aspiraciones, palabras, trajes y ropas que enmascaran una realidad viciada y alienante que para ti y para mí será una delicia «cringe», por sumarme a su lenguaje, encarnada por el absurdo personaje de Seth Rogen y toda la caterva de ejecutivos que lo rodean.

Sin ir más lejos, su segundo episodio titulado El plano secuencia, que es, cómo no, otro plano secuencia, es tan alarde como crítica de su propia condición. Así se lo dicen a sí mismos en un diálogo: "es un ejercicio de masturbación que el director hace para sí mismo y que no le importa a nadie".

El timing con el éxito de la brillante Adolescence de Netflix no podría ser mejor, validada en redes precisamente por el esplendoroso y llamativo trabajo técnico detrás de sus episodios en plano secuencia, que, como The Studio señala, funciona de perlas como atrapamoscas.

Uno de sus principales valores mediáticos, pero también fundamentales para que funcione la receta de las referencias son sus cameos. Desde Martin Scorsese hasta Charlize Theron, pasando por Greta Lee, Olivia Wilde, Zac Efron o el ahora de moda Adam Scott, la apuesta es una absoluta delicia.

Y el resto del reparto va en la misma sintonía: Catherine O'Hara, Kathryn Hahn y Ike Barinholtz conforman el grupo principal que irá pivotando con la misma estupidez que critican de su propio jefe, preparados para saltar como hienas al primer sangrado.

Todos ellos contribuyen a elevar la sátira de la forma más evidente, completando el trabajo que la banda sonora, la fotografía realista, la escenografía y el abuso del plano secuencia realizan de forma subrepticia tras el telón.

Y eso, sin embargo, no es lo mejor. Hay una gran brecha habitualmente en el cine de comedia más costumbrista cuando llega a España y a su mercado internacional, ya sea mediante subtítulos o el doblaje: el contexto y la sociedad son fundamentales para hacer encajar el humor.

The Studio nos transporta a un lugar que llevamos mamando desde que éramos niños: el cine de Hollywood. Lo hace con diálogos que abrazados en el cliché consiguen hacer comedia universal, tanto física como lingüísticamente.

No vas a dejar de reconocer ecos de películas como Whiplash, Uno de los nuestros o Hijos de los hombres. Es un ejercicio casi de autoconsolación riéndose de sí mismo mientras se da unas palmaditas en la espalda, y funciona tan bien como lo hizo Érase una vez en Hollywood.

Todos queremos decir que adoramos a Scorsese

En el plano narrativo seguiremos la guerra de Matt Remick consigo mismo para traer a la palestra el duelo entre el arte y el negocio. Un Barbenheimer donde ningún lado de la balanza es mejor o peor, pero que recuerda que la brecha entre los Óscar y el público parece ser más grande que nunca.

Es una serie de 2025 y responde a estupideces tan actuales como el intrusismo laboral o los bailes de TikTok llevados a la última gran producción para despertar a parte de la Gen Z del móvil y llevarla a los cines. Sólo faltaba recordar que estos últimos se han convertido en una carísima plataforma de promoción.

¿Dónde está el truco? Los diez episodios de la temporada, que serán estrenados semana tras semana, pueden acabar siendo excesivos dada la naturaleza de la serie y su afán por generar ansiedad mediante el caos.

Aún así, con la mano en el corazón, tengo que reconocer que es precisamente en ese caos donde está su perdición el que se encuentra su fuerza: es una batalla entre lo sublime y lo ridículo, entre la reverencia cinéfila y el vómito corporativo.

Puede saturar... y puede hipnotizar. Es una serie que te agota, absolutamente inclemente, pero es todo lo honesta que le puedes pedir a una industria que habla de sí misma en tercera persona como tu último influencer venido a más.

Un poco de lo que Silicon Valley (Mike Judge, 2014) fue para el paradigma tecnológico o lo que Action (Christopher Thompson, 1999) no consiguió ser; una serie que tiene la dosis precisa de irreverencia, sátira y entretenimiento.

Hay pocas cosas que a Hollywood le gusten más que hablar sobre Hollywood. A los que nos gustan las pelis también, no voy a negar la mayor a estas alturas. La diferencia es que The Studio se mete en la tramoya, se ríe de los egos heridos limpiados entre billetes de 500 dólares y en los PowerPoints de marketing que quieren vender cine como detergentes.

Puede que The Studio no sea perfecta, pero cuando una serie te hace reír, pensar y sufrir por el futuro del cine en la misma secuencia, lo justo es reconocerlo. Es un circo, sí. Pero es nuestro circo, pensará Seth Rogen.

Valoración

Nota 84

The Studio es Hollywood dándose palmaditas de autoconsolación en la espalda a sí mismo, pero de la forma más divertida que podía imaginar Seth Rogen: una sátira lúcida y vibrante, plagada de referencias y enamorada de sí misma.

Lo mejor

¿Podemos darle un Emmy a Martin Scorsese? El ritmo es espectacular y los cameos la convierten en una delicia.

Lo peor

Su caos puede saturarte y su naturaleza referencial exige cierto bagaje para disfrutarla al máximo.

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