Crítica de La Suerte: la fábula cañí que encuentra humanidad entre claveles y sangre

No imaginé que una fábula cañí sobre el miedo, la amistad y la empatía, con la tauromaquia como telón de fondo, pudiera ser humana, divertida e incluso poética.

No necesitaba más historias de toreros y, sin embargo, La Suerte me ha sacado del error. A medias, al menos. Porque hay series que no cambian lo que piensas, pero sí cambian tu mirada. Y aunque sigo sin necesitarlas, la suerte es que una historia moderna pueda redimir la idea de entender al otro sin odiarlo.

En medio del lodazal de las etiquetas y la España polarizada estrenan su serie en Disney+ Paco Plaza (REC, Hermana Muerte) y Pablo Guerrero (Entre tierras), con espíritu de sainete y de historia pequeña con el corazón grande.

David (Ricardo Gómez) es taxista. No de vocación; pocos quedan ya. Trabaja como conductor del taxi de su padre para poder ahorrar algo de dinero mientras estudia para ser abogado del Estado. Un sueño de codos harto complejo, casi a la par de la emancipación antes de los... 40.

En una de sus carreras nocturnas, acaba metido en un berenjenal con un hombre al borde de la muerte al que tiene que llevar al hospital entre presiones de sus amigos. Unos pintas que poco a poco irán haciéndose un hueco en su vida. O ellos se lo harán a él.

Arrastrado por la cuesta del caos y el destino, David se convierte en el chófer de un torero siendo él antitaurino. Porque para Rafael Baeza, «el Maestro» (Óscar Jaenada), él y su coche se han convertido en un talismán. En un escudo contra el mal agüero. En La Suerte.

Por esa misma cuesta sin frenos nos llevan los personajes de la serie. Una cuadrilla de arquetipos cañí que son a la vez tan reconocibles como imposibles de hacer realidad, porque no hay en ellos una pizca de maldad, rencor u odio visceral.

Y a quién le importa. Me quedaría otros seis episodios siendo parte del cuñadismo y la gracia andaluza de Jero (Carlos Bernardino), de la templanza paternal de Ramón (Óscar Higares) o del hacer gitano de Marchena (Pedro Bachura). Ellos son, de hecho, La Suerte de David.

Entras en la serie por la comedia, que es su sencilla barrera de entrada, y te quedas por la química en escena de los personajes hasta descubrir un relato sobre el miedo a todo lo que rodea nuestras vidas: el olvido, el fracaso, el relevo e incluso el éxito.

Pero lo haces con una sonrisa involuntaria. Cada vez que «la cuadrilla» se reúne en pantalla, te la llevas de regalo. Fruto del maravilloso trabajo de los actores, de la precisa dirección y, sobre todo, de nuestro amor implícito o explícito a «lo nuestro».

Aquí es donde tiene su propia imperfección. Su irregularidad temática. No encaja como comedia absoluta, mucho menos como drama y pierde fuelle en los últimos episodios. Pero es un trabajo original, fresco y, sin hacer aspavientos de atrevimiento, valiente con sus ideas y su objetivo. 

Mi viaje en La Suerte ha sido el mismo que el de David. Repudio la tauromaquia, pero en ningún momento he necesitado renunciar a mis ideas. Quizás sí añadir alguna capa para mirar a los personajes que orbitan a su alrededor; entender por qué viven ahí sin necesidad de absolverlos.

David irá cayendo en esa vorágine absolutamente utópica. Porque cuesta imaginar una España cañí que se defiende sin golpes en el pecho. Y, a la vez, es hipnótico intentarlo. Por eso el trabajo del tándem Ricardo Gómez y Óscar Jaenada funciona de forma tan exquisita.

El primero es la brújula moral urbana moderna. Nosotros mismos, vaya. El otro es superstición, liturgia y «la por», el miedo en catalán que protagoniza su propio episodio. Porque los toros son sólo una excusa para que brille la humanidad tan contradictoria y bella que nos caracteriza.

Es una representación casi idílica de dos lados enfrentados. Y digo casi, porque todos conocemos a ese par de personas de equipos contrarios que viven enamorados en su conflicto eterno. Pero son pocos y, como los taxistas por vocación, cada vez menos.

Dando textura a lo cotidiano

En el estilo está también su virtud. Rodada con la textura nostálgica del 16mm tiene un interés palpable por honrar el espíritu onírico de David Lynch en ese cuarto episodio en 4:3 a blanco y negro con el que entramos en la cabeza del Maestro.

Son precisamente los planos del torero los que cortan la dinámica de cámara de la serie, pasando del caos natural de la vida de la cuadrilla con cámara en mano al trípode y el slide contenido para cuando el Maestro está solo en su ritual. Ahí es donde la serie trasciende de la comedia para proponer emociones con la imagen. 

Paco Plaza ha demostrado una genialidad genuina para construir terror atmosférico; es la atmósfera, precisamente, la que determina la experiencia sensorial y simbólica que queda disimulada entre la exageración cotidiana y la barbarie temática de La Suerte.

Leído así, podría parecer un ejercicio ambicioso o incluso pedante. No lo es. La Suerte consigue susurrar su estilo mientras permanece la idea de construir una serie amable, de interés creciente y completamente sostenida por el peso de sus actores en cámara.

Es capaz de hablar de la tauromaquia y sus etiquetas sin glorificarla. Sin mostrar una sola imagen de una corrida de toros, por decisión estilística y ética que la serie exhibe con intención y gusto, logrando el imposible equilibrio de contrarios que va desde la imagen hasta las ideas.

Pero eso no hace que descarte su lado bobalicón. La Suerte recorre España pasando por la cumbre del absurdo de Benidorm, representando a los palmeros que aplaudirían un discurso basado en refranes de servilletas de gasolinera, hasta Zaragoza o Málaga.

El miedo, el duelo y la compasión

No pienses en ella como un panfleto que quiere blanquear la mal llamada «fiesta». Yo también tuve mis dudas cuando empecé a verla. Los toros son sólo materia de forma; el viaje que propone parte del rechazo a la empatía de personaje sin renunciar a convicciones, sin sermonearte para que tú mismo completes el juicio.

La Suerte hace algo raro y valioso: abre la puerta para analizar nuestro rechazo sin desarmar los ideales, para llevarte a un viaje que se vuelve más reflexivo con el paso de los episodios. Un nuevo color para la paleta de Paco Plaza y una demostración más de oficio para la de Pablo Guerrero.

Su gran baza es su mirada, no lo que cuenta: entre los ojos y el silencio de dos intérpretes, con la humanidad natural de Ricardo Gómez y el aura de Óscar Jaenada, que se comen la pantalla. Una faena imposible que hace tierno lo cañí y donde late más la amistad que la bravura.

Valoración

Nota 74

La Suerte convierte un tema incómodo en una fábula enriquecedora sobre el miedo y la contradicción. Rodada en 16 mm y con un pulso casi onírico, Paco Plaza y Pablo Guerrero firman una historia pequeña de corazón grande que satiriza la España cañí sin golpes en el pecho.

Lo mejor

La humanidad de los personajes y las interpretaciones, la valentía estética del 16 mm y su criterio ético para representar la tauromaquia.

Lo peor

La irregularidad en el tono pasa factura al paso de los episodios.

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