Crítica de Tardes de soledad, el documental que se alzó con la Concha de Oro en San Sebastián

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Crítica de Tardes de soledad, el documental sobre el torero Andrés Roca Rey de Albert Serra que se alzó con la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián. Estreno el 7 de marzo.
Vaya por delante que quien escribe este texto es una profana de la tauromaquia. Lo más cerca que he estado de este espectáculo ha sido viendo gozar a mi abuelo delante del televisor con lo único que veía en su momento y le hacía proferir exclamaciones y dar botes de júbilo.
De sus comentarios, el exiguo vocabulario que manejo y de su pasión, el respeto a lo que unos consideran un arte y otros una atrocidad. Todos tienen razón y, quien no quiera verlo, no tiene más que acercarse a Tardes de soledad para darse cuenta.
Nada se puede juzgar desde el desconocimiento así que está muy lejos de la intención de una servidora hacer una crítica del toreo en sí. Ni me corresponde ni es la tribuna adecuada, simplemente vamos a hablar de un documental al que, como poco, habría que calificar como inusual por su forma.
Prescindiendo de prácticamente cualquier herramienta o artificio más allá de algún toque de música extradiegética puntual: una voz de narrador, rótulos explicativos, preámbulos o presentaciones, Albert Serra arranca su ensayo mostrando a la parte por defecto perdedora en la función, al toro de lidia, para pasar a continuación a seguir al matador peruano Andrés Roca Rey durante la temporada.
Nada importa aquí su vida personal, por completo elidida de la ecuación, o cualquier aspecto ajeno a la faena en sí misma. Sí que hay espacio para mostrar la terna que parece ser su fuente de energía: tradición, superstición y sentido de la tragedia.
Sin que haya una sola palabra que medie entre el espectador y el director, somos testigos de toda la preparación litúrgica del torero: vistiéndose con la ayuda de su mozo de espadas desde las medias hasta la chaquetilla, completando sus ceremoniosos pasos hasta estar preparado y mentalizado para salir al ruedo.
Previo paso, eso sí, por el vehículo en el que se desplaza con su cuadrilla. Picadores y banderilleros lo acompañan y comentan sus expectativas primero y sus sensaciones después, a menudo jaleando su esfuerzo y elevando sus méritos.
Llama la atención el nivel de intimidad que Tardes de soledad alcanza con el torero. Se comprende su gesta, su voluntad de ir más allá siempre que tiene ocasión, de esforzarse para dar lo que su público le demanda y para crear esa relación tan particular con la muerte.
Se admira de su suerte después de las cogidas (habituales, por los riesgos que suele adoptar), se pregunta por qué no le ha pasado nada... pero es tipo de pocas palabras, no sabemos si por naturaleza o por la certeza de la cámara que le apunta y todo lo registra... incluso los miedos de los suyos y sus reacciones ante el público que les protesta.
Pero, sobre todo, somos partícipes de lo que es una corrida de toros paso por paso: el toro que sale disparado y recibe capotazos hasta ser herido por el picador antes de que los banderilleros hagan lo suyo y lo dejen listo para el matador. Y a partir de ahí el baile de pases y lances que concluyen con la estocada final.
Ocasionalmente con una última puntilla, el corte de las orejas y el arrastre del animal, atado por los pitones y regando de sangre la arena de albero del coso.
Serra se vale de planos muy cortos (a veces detalle), centrados en la expresión de Roca Rey, pero también en la de los morlacos, jadeantes y exhaustos la mayor parte de las veces en el tercio final de la lidia aunque a veces aún muy vivos y despiertos, luchando por su vida.
El metraje tiene cierta cualidad de hipnótico, pero también de pesadillesco, algo que se deja entrever gracias a los impases finales de la breve y comedida banda sonora de la película.
Como documental, Tardes de soledad tiene partes muy valiosas porque nos meten hasta el corvejón en aspectos que, desde la comodidad de los asientos del ruedo no se pueden llegar a ver así: las astillas del burladero saltando por los aires ante el envite de una poderosa cornamenta, la sangre propia y del animal en el magullado traje de luces tras una cogida, el sufrimiento y desgaste del toro...
Pero tiene también cierta cualidad de equidistancia y por tanto la potencialidad de molestar tanto a las personas con sensibilidad hacia el sufrimiento animal (que, honestamente, deberíamos ser todos aquellos que estamos en nuestro sano juicio) como a los puristas que claman por conservar la ortodoxia del toreo.
Estamos a fin de cuentas ante un torero que está de alguna manera revolucionando el sector, como lo hiciera "el cordobés" en su momento, joven y con arrastre entre el público de su quinta y arriesgado en sus decisiones.
Como no hay respuestas sencillas a preguntas difíciles habrá que seguir pensando cómo preservar este bien cultural que es la tauromaquia y viene de tiempos tan pretéritos sabiendo que la verdadera cumbre será evitar el sufrimiento y la muerte de un animal como centro de una fiesta colectiva. Serra lo muestra y expone todo, pero las conclusiones las tiene que sacar el espectador.
Valoración
Nota 70
Serra le resta monumentalidad a la tauromaquia para enfrentarla en planos cortos, mostrando tanto la concentración del matador como la salvajada de la fiesta articulada en torno a la muerte de los toros de lidia. Impactante y brutal.
Lo mejor
La ausencia de juicio a lo que se muestra en pantalla: el espectador es libre de interpretar lo que sucede a su antojo y no hay tapujos.
Lo peor
Tiene el potencial de convertirse en la gran pesadilla de los animalistas, pero también de los protaurinos más puristas.


