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La opinión de
Rafael Aznar

Dos incomprendidas llamadas Xbox One y Wii U

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El año 2015 empieza a tocar a su fin, y eso significa que las consolas de sobremesa actuales (lo que algunos siguen emperrados en denominar como la ‘nueva generación’) tienen ya un buen tiempo a sus espaldas. Wii U, que ni siquiera se suele incluir dentro de esa nomenclatura tan tecnológica, lleva con nosotros desde noviembre de 2012, mientras que PS4 y Xbox One son sólo doce meses más jóvenes. El período transcurrido es ya considerable como para hacer algunas consideraciones sobre la situación en que se encuentran todas ellas, y más si se tiene en cuenta lo prolífico que ha sido este último año en cuanto a lanzamientos. Sin duda, hemos asistido a una de las mayores avalanchas de juegazos de la historia.

 

Si hay una evidencia en el panorama actual, es que PS4 es la consola más vendida con mucha diferencia, con 30 millones de máquinas ya colocadas en todo el mundo. Lo que no es tan obvio es cómo ha sido eso posible, dado que la consola aún no tiene un catálogo particularmente notable de exclusivas, un factor determinante, a priori, a la hora de cautivar al público. Previsiblemente, lo tendrá en 2016, con Uncharted 4, Horizon: Zero Dawn, The Last Guardian, NieR: Automata, Gran Turismo Sport, Detroit: Become Human, Rime o Yakuza 6… Se me hace la boca agua de pensar en toda esta ristra de juegos, sin olvidar Shenmue 3, previsto para diciembre de 2017. Ahora bien, en este momento, al margen de Bloodborne y Until Dawn (la decepción que fue The Order 1886 ni la cuento), Sony, muy centrada en el desarrollo de la tecnología de PlayStation VR, no ha puesto demasiada carne en el asador. Aun así, la consola ha roto moldes gracias a los numerosísimos títulos multiplataforma que ha recibido y a las remasterizaciones de algunos de los mejores juegos de PS3 (The Last of Us, los tres Uncharted, God of War 3, Beyond: Dos almas), una gran idea para cautivar a aquéllos que no tuvieron dicha máquina, como un servidor, por cierto.

Sin embargo, este artículo no es para disertar sobre PS4, que me parece una gran máquina y a la que tengo a pleno rendimiento (me voy adelantando, por si alguien piensa que la ninguneo). Parafraseando a Francisco Umbral, yo he venido aquí a hablar de mi libro, que diga de Xbox One y Wii U, cuyas cifras de ventas han sido menores de lo esperado, pese a que han hecho un trabajo mucho mejor de lo que el pueblo llano se piensa. Según las cifras de VG Chartz, que suelen tener un pequeño desfase temporal, la consola de Microsoft habría vendido 15,59 millones de unidades a día de hoy, por 10,86 de la de Nintendo. Estos datos llaman la atención cuando se comparan con los de PS4 (28,37, según esa lista), que casi los duplica y triplica, respectivamente.

El emperramiento en insuflar vida a un muerto

Empecemos hablando de Xbox One. Si bien colocar 15,59 millones de consolas en dos años no es un fracaso, sí es muy evidente que Microsoft se equivocó gravemente a la hora de engendrar la consola, en los tiempos de Don Mattrick. Hay mercados, como el japonés y hasta podría decirse que el español, que son muy difíciles de labrar para la marca, pero una cosa está clara: si MS no se hubiera empecinado con Kinect y hubiera sacado la consola a 400 euros, en lugar de a 500, otro gallo le habría cantado, con mucha probabilidad.

 

Sin embargo, el ejemplo de Wii cegó a los que, por aquel entonces, cortaban el bacalao en Redmond. La consola de Nintendo vendió más de 100 millones de unidades, con la peculiaridad de atraer a públicos adultos que, hasta entonces, no se habían interesado lo más mínimo por los videojuegos. Sin embargo, aquello fue un boom temporal: pan para hoy y hambre para mañana. La burbuja acabó por pincharse, como pudieron comprobar el Kinect de Xbox 360 y el Move de PS3. Paralelamente, si los esfuerzos técnicos se hubiesen centrado en otros apartados, quizás Xbox One se habría ahorrado toda la cantinela de los 900p de resolución, cuyas brasas aún siguen candentes. Si a todo esto le sumamos los errores de comunicación iniciales tras anunciarse la máquina, con la supuesta conexión permanente obligatoria y la eliminación de la segunda mano, lo que tenemos es un caldo de cultivo ideal para espantar hasta al más valiente.

Sin embargo, tras esa metedura de pata inicial, Microsoft, ya con Phil Spencer a la cabeza, ha ido rectificando poco a poco. Antes de que saliera siquiera la consola, ya se eliminaron todas las restricciones de conectividad y segunda mano. Luego, a los seis meses del lanzamiento, se eliminó de un plumazo el incordio de Kinect. Quién sabe cuál podría ser la situación actual si este ‘sacrificio’ a los dioses, que el 99% de la gente veía necesario desde el primer momento –como decía Homer Simpson, ya sabéis que la gente se inventa estadísticas con tal de demostrar algo–, se hubiese llevado a cabo de inmediato. Más recientemente, la última actualización de la consola ha introducido retrocompatibilidad con Xbox 360, con un catálogo de juegos que se irá ampliando progresivamente.

 

Todo eso está muy bien, pero lo mejor de Xbox One es que tiene lo que más importa en el mundo de los videojuegos: títulos de los que disfrutar. Además de tener infinidad de juegos multiplataforma, a lo largo de dos años ha acumulado un catálogo de exclusivas muy respetable. Si nos fijamos sólo en 2015, nos encontramos con joyas como Ori and the Blind Forest, Forza Motorsport 6, Halo 5: Guardians o, temporalmente, Rise of the Tomb Raider, sin olvidar el tremendo recopilatorio Rare Replay y la ‘remasterización-remake’ de Gears of War. Antes, llegaron otros pesos pesados, como Titanfall, Forza Horizon 2, Sunset Overdrive, Killer Instinct, D4 o Halo: La colección del Jefe Maestro. En 2016, el ritmo promete mantenerse: Quantum Break, Scalebound, Gears of War 4, ReCore, Crackdown 3, Cuphead… Visto lo visto, parece una quimera que Xbox One pueda darle caza a PS4, pero, desde luego, no será por no intentarlo. Quizás el anuncio de una hipotética versión ‘slim’ en el E3 podría ser un fuerte espaldarazo para una consola que se merece mucho más.

Los peligros de ir por libre

Desde hace muchos años, Nintendo ha tendido a ir a la suya, a veces descompasada respecto a su competencia directa. De sus últimas máquinas de sobremesa, sólo Gamecube compitió directamente con sus coetáneas, PS2 y la primera Xbox. Nintendo 64, sus bits y sus cartuchos tenían poco que ver con PSOne, Saturn o incluso Dreamcast, igual que Wii y su sensor de movimiento con la alta definición de Xbox 360 y PS3. Con Wii U, le sucedió algo similar: la lanzó muy tarde como para competir con las que entonces aún eran las representantes de Microsoft y Sony y demasiado pronto para enfrentarse a las que serían sus sucesoras. Eso, suponiendo que Nintendo realmente quisiera competir con ellas, claro, porque, a priori, la idea era experimentar nuevas formas de juego, como se había hecho con el Wiimote.

 

Como Xbox One, Wii U también nació con dificultades. La primera, y la más destacada, es que la Gran N no supo transmitir qué era al público potencial de la consola: aquel que no está todo el día empapándose de información del mundo de los videojuegos y que, a priori, debía dar el salto tras haber disfrutado ‘manoteando’ con el Wiimote. En un mundo en el que cada vez eran más habituales las tabletas, Nintendo decidió apostar por un mando autónomo, con su propia pantalla, para poder dar pie a experiencias asimétricas e incluso ofrecer la opción de jugar a títulos de corte clásico sin necesidad de estar usando la pantalla de televisión. El planteamiento no era malo, a priori, pero sí la estrategia comercial. La gracieta de poner un nombre que volviera a jugar con los pronombres personales ingleses, en lugar de apostar por algo como Wii 2, seguramente le costó muy cara a Nintendo, pues el público casual nunca supo muy bien si aquel ‘tabletomando’ era un simple periférico para Wii o una nueva consola (PlayStation nunca tendrá este problema, gracias a sus numeraciones, por ejemplo). En ese sentido, el imaginario de Wii U está asociado exclusivamente a su mando, en lugar de a la carcasa de la consola, algo que llama la atención, como poco. El caso tiene ciertos paralelismos con el de Xbox One, aunque no es tan flagrante. Aquí, entran en juego factores que Microsoft tiene mucho más controlados, como el juego online, reducido a títulos muy específicos, o la capacidad del disco duro de serie.

Sin embargo, igual que Xbox One, Wii U tiene un catálogo de exclusivas más que interesante. En 2015, se han lanzado Splatoon, Yoshi’s Woolly World, Super Mario Maker y Xenoblade Chronicles X. Añadamos también lo acumulado a lo largo de los dos años anteriores: Mario Kart 8, Super Mario 3D World, Super Smash Bros, Bayonetta 2, Pikmin 3, Donkey Kong Country: Tropical Freeze, Monster Hunter 3 Ultimate, The Wonderful 101, The Legend of Zelda: Wind Waker HD… Eso sí, también hay que decir que, a lo largo del último año, la consola ha recibido exclusivas bastante mediocres, como Mario Party 10, Mario Tennis: Ultra Smash, Devil’s Third o Project Zero V.

 

Aunque no es el único, el mayor problema de Wii U es muy evidente: la ausencia de los grandes títulos multiplataforma, ya sea por falta de potencia de la máquina (el problema de lanzar hardware a destiempo, como apuntaba antes) o por falta de acuerdos con las editoras más fuertes del sector. La situación es llamativa, pues, en sus primeros meses, la consola recibió un gran número de conversiones de juegos de PS3 y Xbox 360: Batman Arkham City, Call of Duty: Black Ops II, Darksiders II, Mass Effect 3, Deus Ex: Human Revolution, Tekken Tag Tournament 2, Assassin’s Creed III, FIFA 13, NBA 2K13, Sonic & All-Stars Racing Transformed… Es decir, a priori, había muchas compañías predispuestas a desarrollar para la consola: Warner Bros, Activision, EA, Square Enix, Bandai Namco, Ubisoft, 2K, Sega… Sin embargo, con el paso de los meses y, presumiblemente, ante los malos resultados comerciales de esos títulos, muchas de esas compañías decidieron cortar el grifo y, hoy en día, una consola no puede vivir sólo de exclusivas.

Nintendo parece haber estado más preocupada en los últimos meses con las figuras amiibo o el salto a los dispositivos móviles, por donde parece pasar parte de su futuro, pero lo cierto es que, tras el último Nintendo Direct, a Wii U aún le queda vida para 2016, con al menos cuatro grandes títulos: The Legend of Zelda: Twilight Princess HD, Star Fox Zero, Pokkén Tournament y el nuevo Zelda. Sin embargo, aunque soy usuario de Wii U y creo que la consola habría merecido un mejor recibimiento, opino que Nintendo debería poner ya todos los huevos en la cesta de NX. Por buenos que sean esos títulos, el parque de Wii U no va a crecer mucho más, así que quizás sería bueno aprovechar algunos de ellos, en especial los dos últimos, para prepararle a NX un lanzamiento digno del de un cohete en Cabo Cañaveral. Esa dupla, junto con un nuevo Metroid Prime (Retro Studios tiene que estar haciendo algo gordo de lo que aún no tenemos constancia) y un Mario tridimensional, podría ser una carta de presentación inigualable para el otoño de 2016. En los últimos meses, se ha venido rumoreando la posibilidad de que NX sea un híbrido entre una consola de sobremesa y una portátil, y si bien es cierto que New 3DS no tiene ni un año siquiera, es una idea que me parece tan verídica como interesante y casi necesaria.

 

Por ir cerrando esta reflexión, está claro que Microsoft y Nintendo han cometido errores, pero estamos hablando de dos consolas cuyos catálogos están llenos de joyas. No se puede decir que sus bajas ventas sean injustas, porque entran en juego infinidad de elementos (políticas comerciales de las compañías, precios, afinidad de los usuarios a una marca determinada, percepciones subjetivas, etcétera) y, al final, el público es soberano para hacer lo que considere con sus billetes, pero, desde luego, llama la atención la descompensada distribución actual del mercado. Xbox One y Wii U son unas incomprendidas.

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