Análisis

Análisis de BioShock Infinite

Por Daniel Acal
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Ken Levine lo ha vuelto a hacer. El autor de obras maestras del género como System Shock 2 o el BioShock original vuelve a deleitarnos con un shooter subjetivo inolvidable que se apoya lo justo en los mimbres jugables de la saga para ir más allá y ofrecernos otra trama llena de giros y sorpresas ambientada en otro marco excepcional: la ciudad flotante de Columbia.

ACTUALIZADO (16/03/2015): Repescamos este análisis para recordaros que si sois usuarios Gold de Xbox Live ya podéis descargar BioShock Infinite sin coste adicional en Xbox 360 gracias a la promoción Games with Gold de marzo.

TEXTO ORIGINAL (25/03/2013: Seguramente estéis de acuerdo con nosotros en que el primer BioShock es uno de los juegos más especiales de esta generación. Por muchos motivos. Parecía difícil que otro juego pudiera llegar a hacerle sombra. Pero... ¿y si ese juego asumiera muchos de sus patrones jugables, puliera lo prescindible y nos sumergiera en otra ambientación magistral, en otra sorprendente trama llena de giros y sorpresas? Y así llegamos a BioShock Infinite. Un shooter subjetivo muy especial que recoge la esencia del BioShock original en muchísimos sentidos. No en vano su director es Ken Levine, creador de otras obras maestras del género como System Shock 2 (en PC) o el ya mencionado primer BioShock.

BioShock Infinite se ambienta en el año 1912 y arranca cuando un veterano de guerra americano reconvertido a detective de la agencia Pinkerton llamado Booker DeWitt recibe un encargo muy particular. Unos misteriosos acreedores le exigen que rescate a una muchacha llamada Elizabeth. “Traenos a la chica y pagarás tu deuda”. le exigen. Sin saber muchos más detalles de la misión, Booker se desplaza hasta el estado de Maine, al noreste de Estados Unidos. Allí, en un solitario faro (todo un icono del misterio), arranca BioShock Infinite.

De las profundides de Rapture a las alturas Columbia

Si en las dos entregas previas nos sumergíamos en Rapture, una ciudad submarina oculta en algún lugar del Atlántico norte, en BioShock Infinite haremos justo lo contrario. Columbia, la urbe que alberga el juego, es una ciudad flotante en lo más alto de los cielos construida por el gobierno norteamericano allá por 1900 como muestra del incipiente poderío tecnologico de esta joven nación. Pero un incidente previo a los acontecimientos narrados en el juego hace que las autoridades se desentiendan de Columbia.

Poco después se iniciará un gobierno teocrático dominado por el padre Zachary Comstock, una figura obsesionada con la pureza y cada vez más distanciada de “la Sodoma de abajo” como él mismo lo llama (es decir, del mundo tal y como lo conocemos nosotros). Sirviéndose de la iconografía de los Fundadores de la Patria norteamericana, ha creado una sociedad fuertemente dividida en la que las minorías étnicas están cada vez más desplazadas. Hay xenofobia en Columbia y eso lo veremos en el juego.

Para defender los intereses de estas minorías se crea Vox Populi, un grupo armado que va a iniciar una especie de guerra civil contra el poder establecido. Y nosotros, claro, estaremos en pleno fuego cruzado. Porque Elizabeth, la chica a la que tenemos que rescatar, es especial y puede ser una pieza clave en esta guerra civil. Al menos así lo cree el padre Comstock que la mantiene cautiva en una torre custodiada por un enorme pajarraco mecánico llamado Songbird que todos habréis visto en el trailer.

Una ciudad distópica, una ambientación inconfundible, una guerra civil... los que hayáis jugado al primer BioShock ya habréin notado los primeros paralelismos. Pero hay muchos más. Además de todo tipo de armas en la mano derecha (pistola, escopeta, rifle, ametralladora, cañon...), con la izquierda podremos usar 8 tipos de vigorizadores (que funcionan como los plásmidos del BioShock original pero en vez de ADAM, necesitan sales para funcionar).

Son tan parecidos que hay uno de fuego; otro eléctrico (menos devastador que en el primero); otro que hace levitar enemigos (aunque aquí más a lo bestia); otro que nos permite invocar una bandada de cuervos (en el primero era un emjambre de abejas); otro que nos permite poseer enemigos y torretas (en el primero sólo funcionaba en los Big Daddy)... Todos ellos tienen una variante en forma de trampa y podremos mejorarlos gastándo las Águilas de Plata en las máquinas expendedoras (sí, también las hay, como en los BioShock anteriores). Y lo bueno es que uno de ellos, Posesión, nos permite tomar el control de máquinas sin tener que piratearlas como en los anteriores (estos minijuegos llegaban a cansar cuando ya llevabas unos cuantos),

Además de los vigorizadores, Booker DeWitt tiene un escudo que soportará unos cuantos impactos antes de que nuestra barra de vida vaya menguando y que se rellena de forma automática (ojo, la barra de vida no; hay que tirar de botiquines). Y no nos olvidamos del famoso skyhook, un gancho que nos permitirá dar golpes cuerpo a cuerpo y engancharnos a los aerocarriles que nos permitirán desplazarnos por los barrios flotantes de Columbia saltando entre barcazas, terrazas, dirigibles...

De hecho, podríamos considerar estos aerocarriles como un recurso más en los combates, ya que nos permitirán huir si la cosa se pone fea o bien abatir enemigos lanzándonos en picado sobre ellos. Y las novedades no terminan aquí. Ahora podremos equiparnos con distintos tipos de atuendo que nos concederán habilidades especiales o distintos tipos de modificadores. Combinar todos estos factores a nuestro antojo con un ágil interfaz hace que los combates resulten variados y muy divertidos.

"No temo a Dios. Te temo a ti"

Y no nos olvidamos de Elizabeth, que nos acompaña durante gran parte del juego una vez que consigamos liberarla de su prisión. No os vamos a desvelar qué tipo de relación tenemos con ella. Pero tranquilos, que no tendremos que preocuparnos de protegerla en los combates. Lejos de ser un estorbo, nos ayudará (y mucho) en los tiroteos. Además de lanzarnos munición, botiquines y sales en pleno combate, Elizabeth pondrá de nuestra parte su capacidad especial. La chica es capaz de abrir desgarros, portales o brechas espacio-temporales que nos otorgan distintas ventajas en los combates, como cobertura, armas y botiquines, ametralladoras de posición...

Lo malo es que no puede elegirlos (nos los encontramos ya establecidos) y que sólo los podemos usar de uno en uno. Pero es otro recurso que añade más posibilidades si cabe a los tiroteos. Ya veis que no puede acusarse a Infinite de autoplagiarse, ya que aunque aprovecha la dualidad armas/vigorizadores y que éstos son (en la práctica) muy parecidos a los plásmidos, los combates ofrecen muchas más posibilidades que los BioShock previos.

En cuanto al desarrollo, la aventura principal es lineal como en los anteriores BioShock, aunque en éste tendremos más tareas opcionales que nos reportarán distintas recompensas y, sobre todo, conocer más a fondo la historia de Columbia y a sus principales habitantes (a través de voxáfonos, cintas de audio como en los anteriores BioShock). Porque la exploración de todos los rincones de la urbe recreándonos en sus múltiples detalles es el complemento perfecto para una trama llena de giros y sorpresas (que por supuesto no os vamos a desvelar aquí), pero cuyo final (sólo tiene uno) os va a dejar boquiabiertos.

Además, durante la aventura tendremos que tomar algunas decisiones que afectarán levemente al devenir de la trama. No será nada demasiado trascendente, pero seguro que os apetecerá volver a rejugar BioShock Infinite para apreciar todos los detalles que os hayáis podido dejar en la primera pasada. Y si no, siempre os quedará el modo 1999, un reto más difícil y especialmente concebido para jugadores "de los de antes", en palabras del propio Ken Levine.

Estupor y temblores

La ambientación es otra de sus grandes virtudes. Si las opresivas estancias art decó de Rapture resultan inolvidables, esperad a ver los barrios y edificios flotantes de Columbia, Escenarios majestuosos e imponentes se alternan con deprimidos bajos fondos. La mayoría de los lugares que visitamos son sobrecogedores. Tanto, que muchos de ellos logran hacernos sentir pequeños (las estatuas, por ejemplo, tiene un tamaño colosal). Si las catedrales de antaño se construían pensando en intimidar a los fieles y que les quedara clara la grandeza de Dios nada más atravesar su umbral, con los escenarios de Infinite ocurre más o menos lo mismo.

La sobrecogedora ambientación de BioShock Infinite se ampara en un grandioso apartado técnico, que aprovecha bien el Unreal Engine. Los escenarios llenos de detalle, los efectos de luz, la fluidez con la que se mueve todo... Pero más que en lo técnico, el nuevo juego de Ken Levine brilla en lo artístico. Sirva como ejemplo el diseño de los enemigos, un aspecto en el que siempre ha brillado la saga y que en esta entrega en Irrational Games han dado el do de pecho.

Si los Big Daddy han pasado a ser un icono de la generación, la colección de adversarios que desfilará antes nuestros ojos en Infinite no le anda a la zaga. Y de hecho, son más variados que en los anteriores. Autómatas con la cara de George Washington con una impaciente en ristre, hombres-ataúd rodeados de bandadas de cuervos, brutos mecánicos que embisten como los Big Daddy, hordas de fanáticos encapuchados a lo ku-klux-klan... son algunos ejemplos (hay más). Y por supuesto, siempre sobrevolándonos, el temible Songbird, el pajarraco mecánico carcelero de Elizabeth que haréis bien en temer.

BioShock contra BioShock

Un gran doblaje al castellano (muy en la línea de la serie) y la ausencia de toda opción multijugador (una modalidad que no se echa de menos, ya nos pareció que en BioShock 2 estaba metida con calzador) son otros aspectos a tener en cuenta (bueno, y que la versión de PS3 es compatible con PlayStation Move).

BioShock Infinite sólo tiene un problema: que tiene que luchar contra sí mismo. Mientras jugamos, resulta inevitable compararlo con el original. Y el primer BioShock es uno de los grandes de esta generación... ¿Aguanta Infinite esta comparación? En nuestra opinión, sí. Es cierto que no sorprende tanto como aquél, pero está todo tan cuidado y tan bien diseñado y sus combates son tan divertidos gracias a sus múltiples opciones que es imposible resistirse a descubrir los misterios que encierra. Una vez que lo empiezas, no puedes parar. Avisados quedáis.

Valoración

Como nos pasó con el original, BioShock Infinite te atrapa y no te suelta. Además de funcionar perfectamente como shooter por sus inmensas posibilidades, ofrece una trama sorprendente envuelta en una sobrecogedora ambientación. No te lo pierdas.

Hobby

95

Excelente

Lo mejor

Su ambientación, su trama, su apartado técnico, su doblaje, sus combates llenos de posibilidades...

Lo peor

Mientras juegas, resulta inevitable compararlo con el primero. Y las comparaciones son odiosas...