Crítica de 33 días: Carles Porta entra en el pantano moral del true crime en la ficción

33 días
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Carles Porta salta del true crime a la ficción con una serie incómoda, magnética y atrapada en el pantano moral del género.

Me gusta Carles Porta. No tanto el True Crime. Puede parecer una contradicción, pero no lo es. Me fascina la investigación, la disciplina periodística, me gusta su distancia con las conclusiones y su pulcritud exponiendo los hechos. Y detesto profundamente que se convierta en un parque temático.

El crimen me interesa cuando se estudia con respeto; ese en el que el romanticismo va adherido a la investigación y no a la deificación de figuras absolutamente terroríficas.

El cuerpo en llamasEl caso Asunta o hasta el hit de Jeffrey Dahmer de Ryan Murphy. No es una novedad el interés social por lo criminal —hace décadas que las historias de Sucesos eran el éxito de más de un medio—. 

Hasta que el morbo criminal se convierte en fenómeno pop y se olvida de las víctimas. Y aquí es donde 33 días, la primera ficción de Carles Porta creada para Atresplayer se mete en un terreno apasionante, incómodo y peligrosísimo.

Según cuenta el propio Porta, es el director general de Atresmedia el que viene con la idea de convertir su investigación, por primera vez, en ficción.  Es el primer caso de Crims en TV3: una historia basada en Brito y Picatoste, una suerte de uróboros a una carrera dedicada al True Crime.

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Julián Villagrán, Carles Porta y José Manuel Poga.

33 días la dirige Anaïs Pareto con guión para sus seis episodios de 30 minutos de Javier Olivares, creador de El Ministerio del Tiempo, junto a Jordi Calafí. El salto a la ficción conlleva ese riesgo: el de perder el rigor, la pulcritud, la enseña.

«Hola a tothom, soc Carles Porta». Una vida dedicada al True Crime; un programa, Crims, convertido en bandera de un género; y un autor que empezó su carrera desde el rigor periodístico y la investigación hasta ser una de sus voces más reconocidas.

Después de tener acceso a sus dos primeros episodios antes del estreno oficial, 33 días apunta a ser el punto de partida de una prolífica actualidad de ficción para el que muchos consideran el rey del True Crime.

Una anti-buddy movie criminal

La serie reconstruye con todas sus licencias la fuga de dos presos, ahora Calatrava (Julián Villagrán) y Prieto (José Manuel Poga), de la cárcel de Ponent en Lleida. Un caso del 2001 que durante más de un mes tuvo a los Mossos d'Esquadra a juicio social y televisivo.

El cambio de nombres no es sólo cosmética. Es parte de la responsabilidad del autor y una necesidad de honestidad para adentrarse en la intimidad de unos personajes, ahora sí, ficcionados. Porque, como él mismo reclama, «la realidad ya la hemos contado».

Calatrava y Prieto se apodan «Duende» y «Cuervo» mutuamente, casi como un romantasy juvenil —que te voy a reconocer me hizo saltar el bombín y entrecerrar los ojos—. Pero es lo que hace funcionar la serie con una claridad inmediata: la relación que da sentido a la historia.

Uno es el tímido, ligeramente resabiado, dedicado al hurto menor. El otro es el peligroso, el visceral, el animal. Encontrarse los lleva a que cada uno tire del otro hacia su propio camino; es una especie de anti-buddy movie criminal.

A Calatrava le conceden su primer permiso y se tuerce el destino, porque el Duende se siente incómodo lejos de su Cuervo y decide ayudarlo a escapar de la cárcel... rompiendo por completo sus límites hasta disparar de gravedad a dos Mossos d'Esquadra.

Dos hombres escapando de la justicia, pero no unidos por la luminosidad de colegueo del género, sino por una mezcla de dependencia, violencia, idealización, pérdida del sentido y una homosexualidad subrepticia que cuelan entre gestos, silencios y miradas.

La serie se mete precisamente ahí, en la intimidad de sus personajes. Se permite más licencias personales que Asunta; de ahí la cosmética que hablaba hace unas líneas. 

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Sus creadores entienden que la ficción no puede sostenerse sólo en los hechos. La fuga existe, la persecución ya fue contada, los titulares siguen ahí. La serie necesita esa grieta emocional para imaginar aquello que los documentos no pudieron demostrar.

Y el sello Porta se lleva su muesca. Porque debes añadir capas de emoción a algo que su naturaleza pide que sea aséptico. Necesitas generar empatía con los personajes, con el mínimo resquicio humano al que agarrarte. En ficción aceptamos, pero aquí hay un eco que resuena con la realidad.

Este es el pantano del True Crime. Porque al dramatizar, han tenido que elegir, después interpretar y, finalmente, juzgar. Y esto, llevado al producto de plataforma, al tráiler, la promoción... deja de ser memoria periodística para ser, inevitablemente, consumo. 

Del rigor de Crims al riesgo de la ficción

En la diferencia de personalidades de los dos protagonistas juega un papel fundamental la interpretación de Villagrán y Poga. Los hacen terrenales, hasta llegas a comprenderlos. Convierten el horror en una figura dramática reconocible, casi icónica.

Aquí aparece el gran peligro y el aspecto más criticado del género: encumbrar a figuras terroríficas hasta convertirlas en personajes de culto. Pero 33 días no arranca con esa misma maldad comercial ni con material tan escabroso como los casos de Dahmer o Asunta.

Villagrán y Poga forman una dupla sorprendentemente magnética. Los episodios de media hora tienen buen pulso; hay ritmo, tensión, sensación de persecución contenida y evitan someternos a una acumulación de densidad narrativa lapidaria en los dos primeros episodios.

La acción se la lleva la evolución de sus protagonistas en su relación. Sus miradas de orgullo y de autorreconocimiento en el otro. La investigación, al menos en estos dos episodios, evita despistarnos de esta intimidad.

Además, Porta deja sus marcas: tenemos imágenes de informativos reales intercaladas, sumarios y una estructura de reconstrucción de los hechos hasta con entrevistas posteriores a cámara que son un homenaje directo al lenguaje de Crims.

La serie crea un híbrido: no es una dramatización completamente libre, tampoco una docuficción rígida. Es un recuerdo permanente de que aquello ocurrió, pero que lo que estás viendo no lo es. El formato es su válvula de escape.

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El riesgo de inventar —la necesidad de inventar— lleva a que la línea de la realidad se desdibuja y puede perderse el tono, incluso el sentido. Puede crear culpables, emitir juicios que se harán comerciales y dañar el anonimato.

33 días se cubre las espaldas reconociendo el problema y haciendo el formato más evidente. La dirección, de momento, se interesa más por el pulso que por la trascendencia y esto será una virtud o una limitación según los ojos del que mire.

Tanto el guión como la dirección y la fotografía nos llevan a una historia centrada en el naturalismo, alejada de la estilización o la sensualidad de casos como el de El cuerpo en llamas. Hay más barro y menos viralidad.

La banda sonora es lo que menos me convence. Hay escenas íntimas dentro de la celda en las que dirección y guión apuntan en una dirección, pero la música apunta en una más oscura, generando contradicción a la ternura contaminada que pretenden plasmar en su historia.

Ahora bien, ¿qué aporta realmente 33 días respecto al caso de Crims? Llegas a más público, pero ¿con qué resultado? Y no vamos a negar la mayor del dinero. El estudio de su relación, las consecuencias, el reconocimiento incómodo de su humanidad...

Son aspectos que deben trascender más allá de los primeros episodios y que dependerán de su evolución, igual que cuánto puedan sostenerse los dos perfiles sin que la dinámica se vuelva repetitiva.

El resultado es prometedor e incómodo. Mantiene ese afán de encontrar humanidad donde está lleno de filos punzantes, con dos protagonistas ciertamente inspirados y una ejecución que me ha tenido pegado a la pantalla durante los dos episodios.

Queda por ver cuánto pueden asustar los fantasmas del género y cómo transitan el complejo valle de la doble moral. Pero fuera máscaras, 33 días lo tiene todo para convertirse en un nuevo hito del True Crime español.

Valoración

Nota 76

33 días confirma que Carles Porta tiene material, pulso y un nuevo formato para llevar su sello a la ficción, a pesar del pantano moral inevitable del salto desde el periodismo.

Lo mejor

Villagrán y Poga sostienen una anti-buddy movie incómoda, magnética y prometedora.

Lo peor

El riesgo moral de ficcionar un caso real puede ser una muesca en la pulcritud del sello que tanto entusiasma de su autor.

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