Las adaptaciones gore de clásicos de la infancia se han puesto de moda, y van a seguir llegando películas

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Si lo piensas, tus cuentos favoritos tienen un origen terrible que nunca te habías planteado, pero Jagged Edge Productions se olvida de todo y lleva sus historias al extremo.
Me encanta que se pervierta el imaginario infantil en expresiones grotescas que nada tiene que ver con la obra original, y ahora parece que estemos viviendo en un momento álgido de esta corriente gracias a aberraciones como Winnie the Pooh: Miel y sangre (2023) y el resto de los monstruos que tiene Jagged Edge Productions entre manos.
No diría que mi infancia estuviera marcada por Winnie the Pooh, pero el personaje de A. A. Milne formó parte de mi vida cuando era pequeña de una manera u otra, a través de las películas de Walt Disney, las versiones noveladas para el público infantil de las mismas o de las historietas que se publicaban en revistas y me solía comprar mi abuela.
Ya de mayor me quise reencontrar con el personaje de forma voluntaria a través de los cuentos originales que nunca llegué a leer en su día, pero no me trasmitieron lo mismo que las animaciones.
Había algo macabro en el nacimiento de aquel osito de peluche entrañable tan amigo de Christopher Robin que vivía en el Bosque de los Cien Acres que me descubrió la reciente biografía Adiós, Christopher Robin (2017) de Simon Curtis.
Parece que una mente torturada o un escenario de crisis siempre se convierten en los escenarios perfectos para alumbrar una aventura infantil que se acabe apoderando de las tiernas generaciones venideras.
Si nos remontamos a los cuentos de hadas más clásicos ahí tenemos los relatos de los Hermanos Grimm, en los que se nos narraban remedios para enfrentarnos a nuestros males y aprender lecciones vitales de una manera que jamás imaginaríamos para instruir a las infancias de ahora.
Ahora tenemos nuevas narraciones, tenemos a personajes amargados con su propia existencia y con la humanidad en general como Hayao Miyazaki que, sin embargo, son capaces de crear cuadros en movimientos sobre el valor del ecologismo para transmitir buenos valores a quienes consuman su cine.
Un osito de peluche con el que escapar de la tragedia

A. A. Milne había servido en la Primera Guerra Mundial y acabó destrozado por sus efectos, que en su biografía cinematográfica se ejemplifican con un factible estrés postraumático. Lo que es seguro, es que después de luchar en el ejército británico terminó despertando un él un fuerte rechazo hacia los conflictos armados que lo hicieron volverse un pacifista.
Los cuentos de Winnie the Pooh que empezó a publicar a mediados de los años 20 inspirado por el peluche de su hijo, se acabaron convirtiendo en un refugio idílico para él y para todas las personas que pasaron inevitablemente por una situación parecida. En sus historias, los personajes eran inocentes, la violencia no existía.
Pese a ello, la relación de A. A. Milne con el personaje que creó no acabó bien, porque su fama fue creciendo hasta tal punto que se volvió insoportable para su creador, que veía amenazada la paz de su familia por la influencia tan personal que esta tenía sobre sus libros.
Pero todos esos horrores se quedaron en el pasado, en las propias cavilaciones de su autor, y lo que permaneció después fueron unos divertidos personajes de trapo que habitaban un bosque sin maldad.
Entonces pasaron 95 años y la carroñera Jagged Edge Productions se abalanzó sobre el cadáver todavía fresco de Christopher Robin, abandonando a los pterodáctilos, cocodrilos, dragones y arañas asesinas en favor de una marca mucho más conocida: la infancia común de toda la población, que no había podido mutar en forma hasta que entonces pasó a dominio público.
Winnie the Pooh: Miel y sangre no resucitó los horrores que atravesó A. A. Milne sino que corrompió a su criatura transformándola en un monstruoso asesino que se convirtió en el principio de un peligroso Poohniverse en el que, a la más mínima liberación de derechos de autor de una obra, ataca sin piedad su productora hasta transformarla en un nefasto largometraje de serie B.
Pinocho, Bambi, Peter Pan, y un precioso cóctel con toda la familia reunida, conforman los ingredientes de los próximos proyectos del estudio, de presupuestos ínfimos pero con un potencial gran alcance gracias a los referentes que toma prestados para volverlos traumáticas máquinas de matar que bañen nuestras pantallas en sangre.
Sus ejecuciones están lejos de ser perfectas, pero acarician un territorio que nadie más se ha atrevido a explorar con recursos hasta ahora y, quizá sea mejor así, porque no hay nada más contrario y la vez parecido a los clásicos infantiles que cualquiera de estas degeneraciones.


