Los aliens siguen siendo igual de terroríficos aunque pasen las décadas, y el motivo está en su diseño

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Hace 45 años desde que vimos por primera vez al xenomorfo de Alien: el octavo pasajero, pero la criatura creada por H. R. Giger es tan original y aterradora que nunca pasa de moda.
El xenomorfo de Alien es una de las criaturas más originales que jamás se han creado en el cine de terror, un género que siempre encuentro bastante limitado a la hora de diseñar nuevos monstruos con los que aterrorizarnos.
Salvo en contadas ocasiones, cuando se alejan mucho de la norma, el cine con seres extraños como protagonista me aburre. El motivo es que éstos siempre tienden a pivotar alrededor de las mismas ideas, utilizan imágenes que ya hemos visto una y otra vez en pantalla, en lugar de presentar algo único que se pueda acercar a lo atípico.
El artista suizo H. R. Giger conoce bien este concepto, y es el responsable de uno de los mayores iconos de nuestros tiempos: el alienígena de cabeza fálica y mandíbula retráctil al que vimos por primera vez en Alien: el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott.

Si nunca has buscado su obra plástica en Google, te recomiendo que le eches un vistazo porque te va a fascinar. Es perturbadora: inspirada por el surrealismo, mezcla lo mecánico con lo biológico, construyendo mundos imposibles, de pesadilla, en lo que él bautizó como “biomecanoide”.
Aunque su primer proyecto cinematográfico iba a ser para la adaptación de Dune de Alejandro Jodorowsky, en la que también trabajaba Moebius, aquella prometedora película nunca vio la luz, y H. R. Giger terminó saltando a la fama con Alien.

H. R. Giger gestó al xenomorfo, la mayor pesadilla del cine de terror
El guionista de Alien, Dan O'Bannon, ya había concebido una manera horripilante de hacer que la criatura entrara en contacto con la tripulación, a través de una violación a un hombre por el monstruo que le haría incubar el huevo del enemigo en sus entrañas. No obstante, le faltaba complementar esa idea con un extraterrestre que diera miedo no sólo por su historia, también en su forma.
Cuando Dan O'Bannon vio la obra de H. R. Giger quedó tan cautivado y trastornado que lo recomendó a Ridley Scott para su nueva película, convencido de que el villano que diseñara sería muy original, y no se equivocaba.

El artista estaba dispuesto a empezar a trabajar en la cinta desde cero pero, después de revisar su obra, Necronomicon, Ridley Scott eligió el dibujo Necronom IV, que H. R. Giger finalizó en 1976, como base para su alienígena. El cineasta creía que tenía un gran potencial por su fuerte carga sexual, al tiempo que por su ambigüedad de género.
H. R. Giger utilizó de manera inteligente elementos cotidianos para construir a su xenomorfo, puesto que lo conocido no nos da miedo, pero sí sus alteraciones, cuando eso que crees entender se convierte en otra cosa parecida que no eres del todo capaz de ubicar.
Por ejemplo, la mandíbula retráctil se encuentra en la naturaleza de ciertos animales, para permitirles atacar mejor a sus presas. Esta cualidad aislada, que se ha registrado en algunos tipos de morenas y tiburones, toma un cariz diferente al integrarse en una criatura terrestre de tres metros de largo con ganas de despedazarte.
A ella se sumaron otros miembros reubicados, como la ausencia de ojos para que sus víctimas nunca supieran hacia dónde fijaba su atención, o un cuerpo humanoide con exoesqueleto que lo hacía casi inmune a los ataques directos, y cuyas pieles acabó vistiendo una persona real, Bolaji Badejo.

Para confeccionar la maqueta del xenomorfo, H. R. Giger se valió de piezas de un viejo Rolls-Royce así como de costillas y vértebras de una serpiente, en una combinación de partes mecánicas y biológicas que seguían su filosofía biomecanoide al pasar al mundo físico.
Pero H. R. Giger no se limitó a crear al antagonista de la cinta de Ridley Scott, también fue el responsable de los diseños de todo lo que lo envolvía: sus formas previas como huevo y revientapechos, así como el planetoide LV-426 y la nave alienígena Space Jockey.

El momento más memorable de Alien: el octavo pasajero ocurre cuando, en una cena tranquila, emerge del pecho de un tripulante el revientapechos, destrozándole el torso e inundando al resto de comensales de sangre.
Para que la reacción del reparto resultara todavía más creíble, Ridley Scott se aseguró de que fueran una sorpresa los efectos especiales que había preparado para ese día de rodaje, en el que la marioneta del recién nacido, a la que no todo el mundo conocía aún, iba a atravesar la camiseta de su víctima rodeada de vísceras de animales reales.
45 años después, seguimos recordando este momento, y el xenomorfo de H. R. Giger nos continúa generando escalofríos. El artista siguió trabajando en algunas películas más de la saga, en Alien 3 (1992) y Prometheus (2012), antes de su fallecimiento en 2014.
Sin embargo, su legado e influencia han permanecido como señas de identidad de la saga, y en ocasiones han trascendido a otros medios –siendo el videojuego Scorn (2022) el ejemplo más reciente de ello-.
Aunque son pocas las personas que se atreven a replicar su provocadora iconografía, y menos aún las que resultan capaces de inventar otra tan personal, por eso Alien no deja de seducirnos mientras que el resto de intentos por crear monstruos singulares se quedan en intentos.


