¿Por qué Estado eléctrico no le llega a la suela del zapato a la novela gráfica de Simon Stålenhag?

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Estado eléctrico ha recabado críticas entre malas y tibias, dejando claro que un gran presupuesto no garantiza un buen producto final, ni siquiera contando con una base sólida.
El estado eléctrico, la novela gráfica del artista y diseñador sueco Simon Stålenhag, se publicó en 2018 y se convirtió en una obra de referencia por muchas y muy variadas razones. La primera de ellas, que hilvanaba una narración más larga y desarrollada que en sus trabajos anteriores, que venía a ser una historia alternativa de la costa oeste de los Estados Unidos en clave retrofuturista.
Antes ya había publicado Historias del bucle (Tales from the Loop) y Después de la inundación (Things from the Flood), en 2014 y 2016 respectivamente, desarrollando su propio estilo mientras nos contaba la historia de la construcción de un acelerador de partículas supermasivo llamado Loop, que desencadenaba una serie de consecuencias y particularidades en los alrededores.
Ofrecía en ellos estampas que podían parecer inconexas pero que consiguieron estimular la imaginación de los lectores y ser desarrolladas con éxito en una serie antológica para Prime Video en el año 2020 que captó la esencia de lo que esta saga de ciencia ficción quería poner de relieve.
Historias del bucle consta de ocho episodios de aproximadamente una hora de duración.
Los guiones fueron escritos por Nathaniel Halpern, mientras que cada episodio tenía un director diferente que incluía a Mark Romanek, Andrew Stanton, Tie West o Jodie Foster, entre otros.
Como colofón, al final descubríamos que todas las historias estaban interrelacionadas de algún modo: de hecho el mejor valorado es el último episodio que le daba un nuevo sentido a los anteriores y "cerraba el círculo argumental". Se alinearon los astros para que, de una obra excepcional, saliera otra igualmente memorable, que respetaba el material original e incluso le daba una nueva dimensión.
Artistas gráficos inspirados, guionistas perezosos
Por desgracia, Estado eléctrico está muy lejos de los niveles de exigencia que se le pueden pedir a una adaptación de la novela gráfica, y la lista de cosas que han salido mal es muy larga, así que vamos a empezar hablando de lo que ha salido bien, antes de meter el dedo en la llaga.
Los derechos fueron adquiridos por los hermanos Russo que no parecen haber prestado mucha atención a la historia en sí misma ni tampoco a su tono. Pero sí han sido muy conscientes del potencial como producto visualmente atractivo... y es que los diseños de Stålenhag, como decíamos más arriba, no solo son magníficos sino también sugerentes e inspiradores.
Así que el principal músculo de la película (puede que el único bien engrasado) funciona a pedir de boca: los diseños de los robots, grandes y pequeños, son una locura y están perfectamente integrados con la acción real. La larguísima nómina de artistas gráficos que han debido trabajar en el proyecto ha tenido el tiempo, el presupuesto, la pasión y la inspiración para desarrollar su parte.
Ojalá el libreto de Christopher Markus y Stephen McFeely tuviera la misma solvencia. En vista a conquistar a una audiencia masiva gracias al lanzamiento en Netflix han optado por simplificar y hacer más digestiva una historia que en su origen era lúgubre, melancólica e incluso premeditadamente ambigua.
Como si hubiera pasado por una picadora de carne para ser convertida en la hamburguesa de moda, se ha modificado todo lo que no es el concepto de base.
Tenemos una historia mediocre y predecible, nuevos personajes que aportan poco (el "cuñado" pretendidamente gracioso al que interpreta Chris Pratt es el epítome) y se ha puesto confianza ciega en las dos estrellas principales del elenco para vender la propuesta con una Millie Bobby Brown que sigue concitando el favor del público, pero parece muy incómoda en su papel.
Entre los secundarios, intérpretes excepcionales desaprovechados con muy poco espacio para brillar como Stanley Tucci, Holly Hunter o Ke Hui Quan.
El resultado es en especial decepcionante si tenemos en cuenta la pila de dinero que se ha puesto en manos de los directores: 320 millones de dólares para un lanzamiento en la plataforma que no se va a poder disfrutar en pantalla grande.
Un disparate de enorme dimensión que, como señala Miguel Araiza en X supone la suma de los presupuestos de Dune parte 2, Nosferatu, The Brutalist, Aún sigo aquí, Anora, La sustancia, Conclave y Nickel Boys. Hay mucho cine ahí y muy poco en Estado eléctrico, que se queda con el simplón mensaje de que hay que volver a relacionarse en el mundo real y menos en el digital. Pues vale.
Y para eso un dispendio gigantesco y 128 minutos de metraje a lo largo de los cuales tenemos que lidiar con una resaca muy mala del éxito de Stranger Things en forma y espíritu.
El estado eléctrico no era eso ni de lejos sino una obra mucho más profunda, emocionante y desgarradora. De las que se quedan contigo mucho tiempo y te hacen plantearte preguntas serias. Muchos (de verdad que os invitamos a leerla) se sorprenderán al descubrir la novela gráfica y ver el destrozo.
