Crítica de Ciudad de asfalto (Black Flies), una brutal inmersión en el penoso trabajo de las emergencias

Vértice Cine

Crítica de Ciudad de asfalto (Black Flies), el drama de Jean-Stéphane Sauvaire basado en la novela The Tutor de Shannon Burke de 2008 con Sean Penn y Tye Sheridan.

Mejores intenciones que resultados: la adaptación cinematográfica de la novela The Tutor, escrita por Shannon Burke en 2008, sigue en la senda de reivindicar el trabajo de los paramédicos que trabajan en urgencias atendiendo los casos más extremos de violencia y consumo de estupefacientes pero Ciudad de asfalto es también una película agotadora e insensibilizadora.

Más allá del texto, que cuenta con algunos clichés incómodos como el de las mujeres inconmovibles ante el sacrificio de sus entregadas parejas o las tribus urbanas en las que casualmente no hay un solo caucásico, uno de los aspectos más insatisfactorios de la película (por no decir insufrible) es la propia forma que adopta la narración.

Desde el primer instante nos hunde en el mar de sirenas y luces rojas y azules rotativas que campan a sus anchas en las pesadillas de nuestro protagonista y pronto van a atormentarnos a nosotros durante los tortuosos 125 minutos que dura el metraje.

Lógicamente la finalidad es la de hacernos caminar en los zapatos de las personas que trabajan con ese nivel de estrés, ansiedad y precariedad de todo tipo: tanto de medios como de incentivos para realizar una labor tan imprescindible como la de salvar vidas.

Al parecer, lo esencial para sobrevivir es perder la humanidad, una paradoja aplastante y demoledora que golpea a la audiencia con fuerza. Sin embargo, hay también un morbo en la puesta en escena que lejos de impactar termina por cansar al espectador. Y es por ahí por donde la película pierde no solo verosimilitud sino también la fuerza que nos hace empatizar con los protagonistas.

Un espejo deformado en el que mirarse

Ollie Cross es un joven estudiante que está tratando de estar en la Facultad de Medicina mediante un exigente examen de acceso. Entre tanto se gana la vida ingresando en la unidad de urgencias de Nueva York que patrulla de forma incansable la ciudad atendiendo toda clase de llamadas.

Eso solo le alcanza para malvivir en una habitación de alquiler, sin intimidad ni facilidades para alcanzar su objetivo.

Su vida dará un giro cuando conozca a Gene Rutovsky, un tipo curtido a lo largo de los años y uno de los veteranos del servicio.

Él se convertirá en su compañero y mentor aprendiendo todo lo necesario para realizar un buen trabajo tratando a los pacientes y sobreviviendo al caos diario al que se enfrentan y que les produce un grave síndrome de estrés postraumático que tiene consecuencias directas en sus vidas personales y en sus planteamientos morales.

Ciudad de asfalto es una película difícil sobre un tema de por sí árido que no tiene ninguna pretensión de hacerle al espectador más amable el viaje. Dramáticamente es agotadora y, a pesar de su buen fondo, mostrando el deterioro de las vidas de estas personas, no puede evitar pasarse de rosca siendo no solo explícita a la hora de abordar la violencia y las vísceras, sino enfermiza.

Como le llegó a suceder en su día a los anuncios de la DGT, el efecto es contraproducente: en lugar de conmover y llamar a las emociones más básicas, desagrada y paraliza: revuelve estómagos más que conciencias. 

Esto es particularmente desesperante si tenemos en cuenta que tanto Sean Penn como Tye Sheridan realizan un buen trabajo dando vida respectivamente a un hombre decepcionado por la vida y a otro que empieza a abrir los ojos.

Ver la velocidad a la que se degrada su calidad de vida y la prontitud con la que tiene tomar decisiones salomónicas respecto a la vida y la muerte, es estremecedor. ¿Hacía falta recrearse mostrando sesos, intestinos y toneladas de mugre en el proceso?

La experiencia de visionado sería muy distinta con mayor contención y evitando alargar planos que se hacen eternos y nos dejan a nosotros mismos al borde del TEPT. Se nota la experiencia del director, Jean-Stéphane Sauvaire, rodando cortos relacionados con la violencia juvenil  como Mátalo, Carlitos Medellín, A Dios o La Mule.

Sea como fuere, ambos intérpretes se ajustan a la perfección a sus roles y están acompañados por buenos secundarios como Kail Reis (True Detective: Noche polar)... entre los que se cuela, eso sí, un Mike Tyson totalmente fuera de contexto que no aporta gran cosa más allá de dar el titular de estar en la película.

Valoración

Nota 60

Aunque hay buenas ideas y aciertos puntuales, este drama que pretende concienciar sobre las lamentables condiciones laborales del personal de emergencias y las trágicas situaciones a las que se enfrentan resulta excesivo y consigue casi un efecto contrario al que persigue perdiendo el norte de la verosimilitud.

Lo mejor

Hay destellos de genialidad en una cinta que se despliega acorralando al espectador a cada instante, demasiado intensa y cruda: insensibiliza.

Lo peor

Mike Tyson en el reparto no aporta gran cosa. El tono de la película está constantemente pasado de vueltas y tiene efecto boomerang.

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Raquel Hernández Luján

Redactora

Raquel Hernández es redactora y crítica de HobbyCine desde 2010. Está especializada en cine, series y literatura así como familiarizada con las tendencias culturales de actualidad.

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