Crítica de Dune: La profecía, la serie que no había pedido y que más necesitaba no es Juego de tronos, ni falta que hace

Dune se ha hecho dueña y señora de las conversaciones del género de ciencia-ficción con Dune: La profecía, su precuela en formato de serie que no sólo recoge con creces el espíritu épico y evocativo de las películas, sino que lo eleva como uno de los universos más interesantes de la década.

He intentado leer Dune en más de una ocasión, pero me ha ocurrido lo mismo que en algunos tramos de esta precuela y de la nueva saga: la densidad de su universo, las imágenes evocadoras y sus reflexivos diálogos pueden hacerse eternos en la era de la dopamina y TikTok. Aún así, he vivido convencido de que encontraría su lugar en mi aventura. Y parece que ese día es hoy.

Lo que me fatigó durante el arranque Dune: Parte II se ha convertido en absoluto gozo en Dune: La profecía, la nueva serie de Warner Bros. en Max. Motivado, además de por sus imágenes, por su banda sonora: con una precisión salvaje, kudos a Volker Bertelmann (aka Hauschka), construye un ambiente sonoro lleno matices oscuros y modernos absolutamente memorables que te transportan a un mundo donde sabes que las reglas no son humanas.

La serie está basada en Sisterhood of Dune, la novela original de Brian Herbert, hijo del padre de Dune, Frank Herbert. Es decir, no forma parte de esa saga de seis libros con los que Frank Herbert se elevó entre la comunidad literaria llevándose los dos honores más grandes de la ciencia ficción: el Premio Hugo y el Premio Nébula.

Vista la dimensión global que ha adquirido la saga tras su relanzamiento en los cines bajo el atractivo carisma de Timothée Chalamet, la nueva serie de Max ha apostado por reforzar su aura de misticismo con los rostros de Emily Watson (Chernobyl), Travis Fimmel (Ragnar en Vikingos) y Mark Strong (el estoico Archie de RocknRolla).

Dune: La profecía nos lleva 10.000 años antes de los eventos que conocemos en las películas. Vamos a presuponer que no has leído la saga de Frank Herbert, que es para lo que estamos aquí. No hay Paul Atreides, no hay Timothée Chalamet, aunque sí que habrá coqueteos con los gusanos gigantes.

La historia tiene a las Bene Gesserit como protagonistas. Una hermandad de mujeres, una «sisterhood», esta vez con más precisión en el término original para describir las raíces sobre las que se nutre la historia.

Una orden, un culto, una secta que teje y manipula los hilos del Imperio. Porque Dune: La profecía respira con la intriga palaciega que tanto entusiasmó en Juego de tronos, pero con una perspectiva más aguda para la filosofía que para los diálogos. Y no, no es Juego de tronos sin dragones.

Valya y Tula Harkonnen (Emily Watson y Olivia Williams) heredan por el peso de su poder y de sus argucias el liderazgo de las Bene Gesserit para explicarnos cómo manipularon el destino poniendo y quitando emperadores, desarrollando genéticamente un linaje de probeta. 

Son el susurro en el oído del rey desde el planeta de Wallach IX, con su propia escuela de jóvenes peones que generación tras generación convierten en reinas del futuro tablero. Hora de entrar en materia de lo que promete el único episodio disponible de Dune: La profecía.

Más allá de Arrakis

El arranque del primer episodio es una delicia. Una voz en off conduce la narración inicial, comprimiendo la esencia de todo lo que pretende la serie en una secuencia que brilla en todos los aspectos técnicos y artísticos. 

Tiene tono literario y cobertura de tapa dura. Una gruesa, con su nombre cincelado en la portada. De cuero y con tira desgastada para marcar las páginas, protegiendo un interior a la vez lejano y fascinante. Muy a lo El señor de los anillos: La comunidad del anillo. Y muy de videojuego, como las presentaciones de Medievil o de las razas de World of Warcraft.

Voy a reconocer que, en medio del embrujo que me produce una voz en off bien interpretada, pensé que su tono, a la vez grandilocuente y misterioso, a la vez íntimo en susurros, es una herramienta técnicamente sencilla que tanto podría aprovechar el futuro cinematográfico de Star Wars.

Entre los paisajes de Budapest y Jordania, la serie recoge el testigo de la siempre cautivadora mirada de Denis Villeneuve, que produce la serie, para ofrecernos un universo colosal, épico e hipnótico que podría colarse en una galería de fotogramas para hacer el deleite de cualquier amante al género.

Los decorados se alejan de los sistemas 360 que tanto bien hicieron a Mandalorian para construir un ambiente virtual que rodea a los actores y hace físicas sus imágenes digitales mediante pantallas LED gigantescas que cubren toda la sala.

Aunque el método, y para muestra el botón que comentábamos, es un absoluto deleite de fotorrealismo, en Dune: La profecía han mezclado el CGI con decorados prácticos, construyendo los escenarios. No hay Volume, ni StageCraft; hay mucho de realidad, lo que potencia el toque artesanal con el que con tanto gusto arranca el primer episodio.

Este trabajo, además de la BSO que se echa a la espalda todo el volumen de la serie, queda perfectamente remendado por el estupendo trabajo de montaje que empasta perfectamente con la obra madre de la que deriva.

Narrativamente, algunos fragmentos pueden ser tan farragosos como una tormenta de arena. Especialmente en el conflicto del matrimonio arreglado, la interferencia de las Bene Gesserit y las dudas del Emperador.

Adaptar Dune no es empresa pequeña. Han trabajado en el guión para simplificar y reducir la abrumadora construcción de su universo en conceptos condensados más funcionales: las envidias por el poder y la jerarquía, la división de clases o la fragilidad de la voluntad humana y su propia contradicción.

Lo inquietante es el parecido de Sarah-Sofie Boussina con Winona Ryder
Lo inquietante es el parecido de Sarah-Sofie Boussina con Winona Ryder

Elementos que veremos pivotar entre sus personajes principales, con la rebelde Princesa Ynez (Sarah-Sofie Boussina) siendo el punto de inflexión para la escuela de las Bene Gesserit; o el misterioso Desmond Hart (Travis Fimmel) que viene a enfrentarse al poder de las brujas.

Presta más atención al subtexto de las tramas que a la brutalidad explícita, lo que hace que entre en un peligroso duelo de equilibrio entra la construcción del mundo y el entretenimiento práctico que muchos esperarán por su etiqueta comercial.

Parte de ello es la herencia del potencial de las Bene Gesserit, que hace de la serie un testimonio de cómo las historias de poder pueden ser narradas no desde la fuerza física, sino a través del conocimiento, la paciencia y la manipulación sutil. Un terreno en el que Emily Watson fluye con la misma astucia que su personaje.

Es un juego de estrategia en un mundo de brutales jerarquías masculinas, redefiniendo el concepto de liderazgo como algo profundamente cerebral y colectivo, sin idealizar métodos que demuestran que incluso el poder femenino puede ser tan cuestionable como cualquier otra forma de control.

Dune no es Juego de tronos (ni falta que hace)

Vamos a aburrirnos de leer comparaciones con Juego de tronos. Como ha pasado infinidad de veces desde ese final que nos arrebató parte de la nostalgia y el clickbait grita desesperado por atención. Sí, hay casas rivales, hay política, hay amenazas veladas y traiciones por el poder. Las historias épicas sobre familias y reinos son tan viejas como la religión.

Juego de tronos no inventó la rueda, pero definitivamente supo hacerla girar como nadie. El mayor peligro de la comparación con Dune: La profecía, sin embargo, lo han hecho directamente en la propia promoción de la serie. 

"Cualquier cosa puede pasar", se escucha en entrevistas. La tendencia vaga y desesperada por introducir una sorpresa que, en la mayoría de los casos que se ha utilizado comercialmente, ha acabado en desastre. Que le pregunten a Emilia Clarke.

La intriga, el carisma y el hechizo que hipnotizó con fervor fanático a millones de espectadores por la obra de George R.R. Martin no fue la arbitrariedad ni el caos. Cada elemento venía respaldado por un trabajo narrativo que cumplía en verosimilitud y en necesidad para sus personajes.

El primer episodio de Dune: La profecía es exquisitamente prometedor. No tengo la menor duda. Pero la peligrosa sombra que se cierne sobre su desarrollo es que "cualquier cosa pueda pasar" para ocupar un hueco que no es el suyo.

Hay muchas reflexiones acerca de la densidad de la serie, o incluso de sus tramas políticas y la poca claridad de su universo. Tal vez esa sea la verdadera profecía que Dune pone sobre la mesa: si no podemos concentrarnos en el arte, ¿qué futuro nos espera?

Valoración

Nota 85

Dune: La Profecía es como un libro de ciencia ficción de tapa dura: hermoso, mimado y no apto para todos los públicos. Una experiencia visual y sonora exquisita con pocos precedentes, pero con un ritmo que puede espantar al público del doomscrolling.

Lo mejor

La banda sonora eleva un enfoque visual artesanal en el que Emily Watson enriquece el Duniverso.

Lo peor

No es la experiencia más accesible dentro de su perspectiva comercial, aunque tampoco sea necesaria.

Mostrar comentarios