Crítica de El instinto, un perturbador thriller español que se vuelve más complejo a cada minuto

Crítica de El instinto, ópera prima de Juan Albarracín, que escribe y dirige la película que protagonizan Javier Pereira y Fernando Cayo en clave de thriller.
Si se examina desde el punto de vista más lógico, El instinto tiene todas las papeletas para ser una ópera prima impactante de las que hace que un nombre destaque: Juan Albarracín arranca su carrera como cineasta dirigiendo y escribiendo una historia que no requiere de grandes alardes desde la producción, pero sí de un gran esfuerzo por parte del reparto.
Esto le lleva a desempeñarse a fondo como director de actores y muy concretamente de la dupla protagonista sobre la que recae la mayor carga dramática y la dinámica de poder que va a ir marcando su relación.
Como decíamos, estamos ante una producción pequeña que requiere de pocos escenarios y apenas un puñado de actores. Y eso implica siempre un enorme riesgo en la medida en que si algo se desajusta, es muy notorio.
El instinto se divide claramente en dos segmentos narrativos muy diferenciados. El primero presenta el conflicto principal y nos da los mimbres que derivan en un thriller perturbador, cada vez más oscuro y perverso, que se precipita tras un gran giro de guión. A partir de ese momento, además, la película adquiere un carácter episódico muy particular.
La voz de su amo
La película nos presenta a Abel, un arquitecto que vive recluido debido al grave trastorno de agorafobia que padece desde hace años.
Su expareja y socia recibe un ultimátum por parte del estudio para el que ambos trabajan: tienen dos semanas para presentar su proyecto presencialmente, tal y como desean sus clientes.
Abel, que ha probado distintos métodos psicológicos para tratar de superar sus ataques de pánico y ansiedad, se siente contra la cuerdas, de modo que acude a su última opción: José.
Él es en realidad un adiestrador canino pero decide aceptar su oferta para someterse a un proceso de reeducación ante la idea de que su carrera pueda irse al garete. Durante la primera semana, los métodos de desensibilización surten efecto y Abel consigue caminar por la finca, llegando incluso hasta la piscina y pasando breves periodos de tiempo al sol.
Sin embargo, los métodos de José cada vez se vuelven más expeditivos y Abel no solo tiene que luchar contra sí mismo, sino también contra situaciones cada vez más violentas y asfixiantes.
El instinto se configura como un estudio de personaje, profundizando en la psique de Abel. Por medio de flashbacks vamos reconstruyendo las experiencias vitales de su infancia que se terminaron traduciendo en un pavor por perder el control y sentirse expuesto.
Eso hace que la amenaza que se cierne sobre él, sea tan aterradora: conocemos las tácticas que va a emplear el adiestrador porque vienen precedidas de píldoras documentales que constatan su modus operandi y, como es obvio, no se puede tratar a una persona igual que a un animal de caza en los años 70. También han cambiado nuestros modelos relacionales en sociedad desde entonces.
El proceso de deshumanización se vuelve en especial virulento en el último cuarto de la historia, cuando la situación se sale por completo de los raíles y se vuelve desagradable de verdad. La forma se ajusta al contenido: mucha cámara en mano, estética sucia, flashbacks confusos, traumáticos y desasosegantes y pocas concesiones a la belleza.
En resumidas cuentas, El instinto es una película audaz y transgresora, en la que Javier Pereira (Historias para no dormir) y Fernando Cayo (La huella del mal) se dejan la piel para generar tensión constante que va in crescendo.
Mantienen un pulso que va de la incredulidad a la confianza, la presión de la terapia, cierto grado de amistad y la apertura de la caja de Pandora que hará que crucen al lado opuesto de la escala de sentimientos.
En su discurso, la película incluye una crítica feroz a la obediencia debida (que ya fue en su día materia de interés de películas como El experimento, por ejemplo, aunque desde otra óptica) y también a los modelos de comportamiento obsoletos y hasta preocupantes de un tipo muy determinado de masculinidad tóxica y turbia a más no poder.
Puede que lo único que de verdad nos distinga de los animales es nuestra capacidad para dominar el instinto sin dejarlo dormir del todo. Es necesario para adaptarse, para reconocer amenazas y sobrevivir pero al frente de los mandos nos llevaría al desastre inevitable.
Valoración
Nota 60
Oscuro y retorcido thriller minimalista con una única localización, un reducido grupo de actores y un proceso de deshumanización forzoso que abruma.
Lo mejor
La atmósfera inquietante conseguida desde las imágenes en tono documental y la implicación de los intérpretes protagonistas, que se dejan la piel.
Lo peor
Se vuelve muy turbia de forma precipitada: casi no da tiempo a asimilar la bajada a los infiernos de los personajes.
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Raquel Hernández Luján
Redactora
Raquel Hernández es redactora y crítica de HobbyCine desde 2010. Está especializada en cine, series y literatura así como familiarizada con las tendencias culturales de actualidad.
