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Por qué prefiero las salas de cine deluxe a las normales: no es solo la comodidad de los asientos

Sala de Cine Furiosa

Las sala de cine deluxe son cada vez más frecuentes, y aunque tienen mala fama, cada vez las prefiero más (y creo que pueden ser la salvación de los cines).

Cuando tienes tiempo libre y el gusanillo de disfrutar de una buena película, tienes dos opciones: ir al cine o ver una en casa. Y con una oferta inmensa de cine (y series) que maratonear en casa, y una oferta más bien limitada de estrenos en cartelera, el motivo por el que decantarse por una opción y otra es externo.

Antes, ambos planes convivían en un calculado equilibrio que sostenía la producción cinematográfica en todos sus niveles: exhibición en salas primero, y la emisión en televisión y comercialización en mercado doméstico segundo.

En menos de una década, el modelo tradicional de ventanas de exhibición se ha puesto patas arriba con el auge del streaming, como evolución natural de la exhibición en televisión que ha cobrado vida propia, con algunas compañías poderosas para las que los cine son un simple complemento, y en casos contadísimos (como los estrenos limitados de películas de Netflix tipo La Sociedad de la Nieve).

Disney+ Disney Plus

Thibault Penin

Esa idea ha calado en el público, sobre todo tras la cuarentena de 2020 que aceleró el proceso. Y las miles de personas que viven directa o indirectamente de que las películas se vean en el cine han pasado de ser el pilar sobre el que se sustenta toda la industria, a ser piezas prescindibles y marginadas.

Sabiéndose cada vez más vulnerables, las salas de cine se han inventado formas de atraer al público a las salas, un público que cada vez tiene más fácil quedarse en casa viendo películas de igual calidad.

En ese sentido, los cines "deluxe" o "luxury" han tenido una mala fama y generado frecuentes comentarios sarcásticos a costa de su premisa: entradas más caras por ver la películas en butacas reclinables y con servicio de comida a la carta.

Pero yo quiero romper una lanza en favor de este tipo de salas, que cada vez son más frecuentes en muchas ciudades. Y no necesariamente por considerar que su razón de ser no es frívola, que sí me lo parece, sino porque al menos son una garantía de calidad frente a la lotería que supone entrar en muchas salas de cine que no dan la talla... y cuyos precios también están disparados.

Las salas de cine "de lujo", ¿seguro que son innecesarias?

Palomitas en una sala de cine

Fabian Sommer | Getty Images

Si cada vez cuesta más sacar a la gente de sus casas para ir al cine, ¿por qué no convertir los cines en extensiones de sus casas... pero mejor? Ese es el razonamiento detrás de este tipo de salas "Deluxe". 

Para muchas personas, tener butacas reclinables donde poder estirar las piernas por completo no es una simple "pijada". Y más con algunas películas larguísimas que superan fácilmente las dos horas y media de duración.

Ciertas salas antiguas (puedo pensar en varias salas del centro de Madrid a las que no volvería nunca) resultan francamente insoportables. A poco que tus piernas sobrepasen cierta longitud, colocarlas de la forma más cómoda o menos tortuosa posible será lo único en lo que puedas pensar durante la película. 

Pero no es sólo por las butacas. Incluso si todos actualizaran los sistemas de proyección, algunos de los cines más viejos tienen salas modelo "autobús" con pantallas tan alejadas y pequeñas que es imposible ver nada. Una disposición propia de los primeros multicines que hoy día resulta impensable.

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¿Y qué me dicen de las salas donde se cuela el sonido de las salas de al lado? Por no hablar de lo molestos que pueden ser tus vecinos de butaca, que si el móvil, que si la bolsa de patatas, que si los cuchicheos... ¿no pagarías, si pudieras, por dejar un poco de "distancia social" entre ellos?

Ahí está el problema: lo que estamos dispuestos a pagar o no. Las salas luxury, sí, son más caras que una sala de cine tradicional. El plan te puede salir desorbitado si luego le quieres sumar un combo de palomitas y Coca Cola o una tabla de embutidos.

Pero antes, al menos, era más fácil meterse con estas salas cuando sus precios eran el doble que una sala normal. En muy pocos años, los precios de todas las salas se han disparado, sin ninguna justificación más allá de la inflación. 

Sí, hay ofertas, pero si intentas ir a la taquilla (o a la cola de las palomitas) y comprar una entrada a palo seco, el palo te lo llevas tú.

Las películas no son suficientes para atraer al público: necesitan algo más

Es evidente que el negocio del cine necesita un revulsivo. Y la peor noticia de todas es que confiar en las películas ya no son suficientes.

Sí, el año pasado muchos usaron el fenómeno del Barbenheimer, de cómo dos películas sin nada que ver se retroalimentaron para llenar las salas de cine todo el verano, para demostrar que "al final, el público lo que quiere son buenas películas".

Pero no. No es suficiente. Acabamos de ver el caso de Furiosa, que es una película espectacular y que la gente simplemente no quiere ir a ver. Casi todas sus críticas incluyen un "merece la pena ver en pantalla grande" en su argumentario, como un alegato para que la gente vaya al cine porque así se disfrutan más de las escenas de acción orquestadas por George Miller.

No hay funcionado. La taquilla de Furiosa en sus primeras semanas ha sido muy decepcionante, apenas superando a su pobre competidora, Garfield, y pinta una mala imagen para el futuro de la taquilla de este año: en Estados Unidos los cines han tenido el peor finde del Memorial Day en décadas.

Creo que necesitamos películas que sean experiencias cinematográficas, que aprovechen plenamente el poder del cine, y no hablo sólo de Dune 2", decía Denis Villeneuve, que está decepcionado con que su película siga siendo la más taquillera del año.

Que los cines tengan butacas reclinables y mini hamburguesas suena a banalidad, pero siempre será preferible a que no haya salas de cine. Y si encima te aseguras que nada ni nadie te va a atragantar la proyección, tampoco es poca cosa...

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