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La opinión de
Sonia Herranz

Los videojuegos ya se han hecho mayores, ¿y tú?

Los juegos se han hecho mayores ¿y tú?
La industria del videojuego es joven, muy joven. Terriblemente joven. Le falta mucho trecho por recorrer para ser una industria cultural madura, pero va en buen camino desde hace tiempo. 

Los que llevéis en esto unos añitos, sabéis que el origen del videojuego no es otro que hacernos pasar un buen rato. Entretener. Un objetivo tan loable como cualquier otro, ya que el juego es parte fundamental del aprendizaje y es una fabulosa válvula de escape. Hasta los animales juegan, incluidos los adultos. 

Los videojuegos que disfrutábamos hace años no iban más allá de hacérnoslo pasar lo mejor posible, arrastrándonos a mundos mágicos, aunque fuera con cuatro colores y unos pocos píxeles bien puestos. Sus creadores, en la mayoría de los casos, simplemente hacían realidad sus ocurrencias (dicho sin ánimo peyorativo) buscando sacarle el máximo partido al hardware disponible y jugando ellos mismos a conseguir lo imposible.

Pero la industria ha madurado, se ha diversificado y ya no sólo busca entretener (que también), si no hacerlo además contando una historia. Una historia que nos puede gustar o no, encajar o no con nuestras esquemas mentales, pero una historia al fin y al cabo. 

Y esas historias cada vez son más maduras, más complejas. Historias que terminan por convertirse en el motivo para jugar, más allá de sus mecánicas y de lo atractivo de su propuesta jugable o visual. Estamos viviendo la época dorada de los juegos para adultos

Pero ojo, que no me refiero a la sangre o a la violencia. No me refiero a juegos adultos porque se arranquen cabezas o haya algún que otro medio desnudo. Ni tan si quiera me refiero a juegos que nos llenen los bolsillos de armas y nos permitan desbarrar a nuestro antojo en una ciudad abierta mientras robamos coches, repartimos plomo y huimos de la pasma… 

Por desgracia, para los estándares actuales un Mortal Kombat o un GTA son casi cosas de niños… 

Me refiero a esos juegos que te hacen pensar, que te hurgan en las neurona y le sacuden las telarañas a tus creencias. Que hacen que te pique el lóbulo frontal y te invitan a rascarte replanteándote que quizá lo blanco amarillea y a lo negro le salen canas… Juegos que, de un modo u otro, te tocan en corazoncito, aunque no siempre sea para bien. 

Pueden ser juegos que rompan con la percepción de cómo son las cosas habitualmente en los videojuego. La guerra, por ejemplo. Ahí están las historias de Valiant Hearts, vestidas de aventura gráfica. O This War is Mine, que no nos invita a disfrutar de la brutalidad de la guerra como un shooter al uso, si no a sufrirla, como víctimas civiles en una angustiosa mezcla de gestión y supervivencia. 

Pueden ser juegos que nos hagan replantearnos nuestros conceptos de moralidad, como The Last of Us (en conjunto), y que nos empujen, muy a nuestro pesar, a ponernos en la piel de los otros haciéndonos recorrer un camino entretejido de odio para descubrir que el odio no es la respuesta (aunque sea la respuesta que haya obtenido). 

Ponernos en encrucijadas morales, destapar problemas sociales como la inmigración, poner sobre la mesa temas tabú, como la sexualidad, los abusos, la violencia de género, los problemas mentales y sus consecuencias… 

Tareas que han asumido no pocos videojuegos con el objetivo de levantarnos el velo, de obligarnos a mirar otras realidades: Hellblade, Gylt, Life is Strange, Papo y Yo, Concrete Genie, Sea of Solitude, Detroit, Massira, Entiérrame, mi amor… (os animo a completar la lista).

Los videojuegos han estado mucho tiempo navegando al margen de lo que ocurría en el mundo, metiendo la patita de vez en cuando, pero con cuidado y con mensajes velados, sin que se notara demasiado para no liarla; sin terminar de decantarse, sin terminar de definir su posición. Y eso está cambiando. 

Hay mucha gente que preferiría que los videojuegos siguieran siendo una sencilla guerra de buenos muy buenos contra malos muy malos, pero el mundo, al menos el mundo de los adultos, no es así. 

Esa es la gente que protesta porque una lesbiana sea protagonista de una aventura, porque una mujer sea portada de un juego de guerra, porque aparezcan personajes negros en un RPG ambientado en la Edad Media, porque se pinte al inmigrante de víctima cuando (para él) son los causantes de todos sus problemas. O directamente, que se permite el lujo de decidir qué cuerpo tiene que tener una mujer REAL.

A lo mejor (sólo a lo mejor), una tía cachas con ropa vieja y poco favorecedora en medio de un escenario postapocalíptico es mucho más real y más creíble que una modelo pechugona de medidas imposibles despachando zombis con falda de raja y tacones…  

La industria ha madurado mucho, se está haciendo mayor y empieza a entender los problemas de los adultos y los refleja. Nadie te obliga a estar de acuerdo con una idea, nadie te obliga a que te guste o no un final. Nadie te obliga a jugar a cosas que te remuevan por dentro. Si no te gusta, no lo hagas. 

Yo hace tiempo que no veo películas de miedo. No porque no me gusten, es que soy público tan agradecido que me acongojo hasta con las letras y yo ya no estoy para sufrir, no me apetece pasarlo mal. 

Hazte un favor, respeta las creaciones, las opiniones y los puntos de vista de los demás. Hazte un favor, aplaude que tu método de entretenimiento preferido haya madurado, aunque no te gusten todas las direcciones que tome. Hay muchos caminos posibles y ninguno excluye a los demás.

Te recuerdo que la mayoría de los juegos siguen siendo experiencias para disfrutar sin más, para pasar el rato sin complicaciones. Para entretener sin más ambiciones... como si ese objetivo no fuera ya lo bastante ambicioso en sí mismo, especialmente hoy en día, con la que está cayendo... 
 

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