María Bescós

Colaboradora

Por qué hay tantas películas de terror relacionadas con la Iglesia, en 2024 se estrenaron varias

Black Bear Pictures
Opinión

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.

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El año pasado nos demostró que el terror religioso relacionado con la Iglesia sigue siendo igual de escalofriante que hace un siglo, por mucho que el tiempo pase.

La Iglesia siempre ha estado vinculada de manera estrecha con el género del terror, y ya no hablo tan sólo del que se representa en la gran pantalla, pues desde la literatura se nos han enseñado las amplias posibilidades que ofrecía este marco para hacernos estremecer. 

Ya empezaban algunos iconos clásicos del terror gótico como Edgar Allan Poe o Bram Stoker a utilizar esta iconografía, a introducir personajes relacionados con la Iglesia y elementos de sus ritos para contarnos sus historias y llevarlas hacia un terreno alejado de la salvación.

Con esta breve introducción ya he pincelado algunos de los elementos que hacen tan fuerte esta tendencia, y que se repiten en sus sucesivas interacciones por mucho que pasen los años. Y es que la Iglesia no pasa de moda, mientras se mantiene en un extraño limbo sin apenas evolución, y por eso el terror religioso tampoco.

Cruces, misas y conventos

Las imágenes que ofrece la Iglesia son tan sugerentes por sí mismas que ni siquiera hace falta introducir una cámara de por medio para que tengamos pesadillas a la luz del día:

Cristos crucificados con cuerpos cubiertos de heridas y bañados en sangre, penitentes que arrastran cadenas pelándose la piel de sus pies descalzos, capirotes que parecen tenebrosos fantasmas vengativos, ceremonias que nos hablan sobre comernos la carne de su mesías, la conservación en macabros relicarios de restos físicos de personas santas…

Pero ni siquiera necesitamos irnos a estos elementos para sentir su presencia, ya que el conjunto se refuerza con una serie de símbolos de gran impacto visual que acompañan a su culto y ceremonias, con misas celebradas en ominosos templos, comunidades que se reúnen con un sentimiento compartido, y una jerarquía que rige todo aquello. 

Immaculate de Michael Mohan abría una pequeña puerta a un convento en 2024 para que conociéramos de cerca cómo funcionaba ese espacio cerrado habitado por monjas, cómo se desarrollaban sus rutinas pero, sobre todo, cómo es posible perder el control sobre una misma en favor de una entidad que obra en contra de tu voluntad.

Pecado y control

Quizá ahora haya menos juventud practicante, pero la Iglesia sigue muy presente también para las nuevas generaciones y es una llama que no se apaga. Su papel continúa siendo tan relevante a nivel institucional y social que la reciente muerte del Papa acapara todas las miradas, y es que su fuerza e influencia son difíciles ignorar. 

Como todos los grandes imperios, la Iglesia es uno que se ha construido sobre el miedo, a cambio de ofrecerte una alternativa mejor.  

Sustentado sobre el pecado y bajo la amenaza de acabar lejos de Dios si incumples sus preceptos, se impone como un poder único y absoluto al que no debes desobedecer si quieres mantenerte en el camino correcto, jugando mucho con el arrepentimiento como la vía hacia la salvación.

Heretic (Hereje) de Scott Beck y Bryan Woods, estrenada el año pasado en cines, es una película que resulta particularmente interesante si la analizas desde esta óptica de control y sumisión.

En la que se pone en cuestión el buen uso de la fe y cómo ésta se emplea en muchas ocasiones para fomentar actitudes que en realidad van en contra de lo que se predica, advirtiéndonos sobre los peligros de las malas prácticas religiosas.

Cielo e infierno

La Biblia nos cuenta la que promete ser la lucha más antigua del bien contra el mal: el cielo contra el infierno, ofreciendo una dualidad muy interesante para explotar a través de fuerzas religiosas que se enfrentan a otras diabólicos, con los exorcismos como uno de los mayores exponentes de esta categoría y que tanto furor causan en pantalla, aunque no sean los únicos. 

El Anticristo también ha sido un tema recurrente en la historia del cine de terror religioso como antagonista a Cristo, desde cintas en tono de humor como El día de la bestia (1995) de Álex de la Iglesia, hasta thrillers psicológicos como La primera profecía (2024) de Arkasha Stevenson, que recuperaba una narrativa de 1976 para contarnos lo que ocurrió antes de La profecía.

La primera profecía nos mostraba cómo el Anticristo, que debería ser una figura a evitar por la Iglesia, nacía en realidad en su propio seno, trayendo a través de la ficción y la fantasía una problemática a la que se enfrenta la iglesia actual, ocultando verdades incómodas a sus fieles, invitando a que la fe incondicional sigua siendo pilar suficiente para mantenerla.

En la Iglesia conviven lo terrenal con lo sobrenatural, la vida y la muerte, a través de una línea muy delgada que separa ambos espacios que tanto amedrentan. 

Hay demasiadas buenas razones que convierten al terror religioso ambientado en la Iglesia en algo tan atractivo para relatar a través del cine, pero es su cercanía con ese otro lado lo que termina por redondear la ecuación, al llevarnos a enfrentarnos a uno de nuestros mayores temores que la gran pantalla nunca se olvida de reflejar.

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