Las películas de animación merecen competir en los premios a Mejor Película, en los Óscar y en los Goya

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Las cintas de animación no sólo han competido dentro de su categoría en los Óscar y en los Goya, pero siempre se les resiste la nominación a Mejor película en los Premios.
En origen, la categoría de Mejor película de animación no existía, ni en los Óscar ni en los Goya, pero las cintas de animación siempre habían estado ahí demandando un espacio y queriendo ser reconocidas en los Premios.
Los Óscar, que nacieron en 1929, tardaron varias décadas en incluir la animación como una categoría aparte, pues hasta el año 2001 no se hizo oficial. Sin embargo, la animación encontró la manera adquirir cierto grado de protagonismo en los Óscar pese a no existir esa diferenciación.
Antes y después de que existiera la Mejor película de animación

Las cintas de Blancanieves y los siete enanitos (1937), Fantasía (1940) y Toy Story (1995) consiguieron alzarse con premios honoríficos tiempo antes de que existiera su categoría propia, y Pinocho (1940) y Dumbo (1941) lograron ser galardonadas por su música.
Por su parte, los Goya nacieron mucho más tarde, en 1986, y tan sólo tardaron tres años en empezar a incluir la categoría de Mejor película de animación, adelantándose más de una década a los Óscar.
Esta nueva categoría parecía una opción lógica que le brindaba a la animación una representación más sólida dentro de la competición, al ofrecer una selección de varios largometrajes que compartían una filosofía similar. Pero justo ahí reside la mayor flaqueza de estos Premios.
La animación empezó a crecer como un género aparte en ellos, como un nicho de forma general asociado con el público infantil -sobre todo en los Óscar, donde imperaba el reinado de Disney y Pixar, que siempre producen películas de corte familiar-, en el cada vez costaba más desligar la narrativa de la técnica.

Existen películas animadas para el público adulto que pueden tratar temas tan solemnes como los que suelen gustar en los Premios, pero al existir una categoría propia para ellas casi siempre se quedan relegadas a competir únicamente dentro de la animación.
Tan sólo ha habido tres excepciones en los Óscar, con La bella y la bestia (1991), Up (2009) y Toy Story 3 (2010), como las únicas cintas de animación en la historia de los Premios de la Academia que se han medido cara a cara con largometrajes de imagen real en la categoría de Mejor película, sin la coletilla de animación.
No ganaron, pero tampoco marcaron un precedente, y se quedaron como las excepciones que son. Haciendo que surja la duda de si no hemos vuelto a tener una película de animación tan buena como Toy Story 3 en más de diez años que mereciera estar nominada de nuevo, o si la animación sigue siendo considerada menor.
En los Goya, en cambio, ni siquiera hemos tenido la oportunidad de ver un caso parecido, pues ninguna cinta de animación española ha sido nominada jamás a Mejor película pese a que no faltaran propuestas adultas en nuestro cine. Pero para ellas ya existía la Mejor película de animación.
Las películas de animación no se nominan a Mejor película
Si llevamos la comparación a su equivalente más cercano, el cine en el que imperan los efectos visuales, surge un dilema parecido:
Una película de imagen real en la que haya mucho trabajo de animación como Avatar: El sentido del agua (2022) sí será apta para entrar en la categoría de Mejor película además de estar nominada a los Mejores efectos especiales, ¿pero una de animación no?
Si la técnica fuera la única excusa para hacer esta diferenciación, el Óscar a Mejor película de animación habría que entregárselo a la cinta más llamativa de esta clase, sin entrar a valorar también otros aspectos como la historia, permitiendo que los mejores largometrajes animados en su conjunto tuvieran una mayor representación en los Premios dentro del ámbito general.
Porque si hubiera que encorsetar tanto al género que la animación no pudiera salirse de su categoría, jamás habríamos visto propuestas tan variadas como el documental Vals con Bashir (2008) nominado en la categoría de Mejor película internacional en los Óscar.
Ni la biografía Buñuel en el laberinto de las tortugas (2018) habría estado nominada a Mejor guion adaptado o Mejor dirección novel en los Goya.
Por eso, no hablo de abolir la Mejor película de animación, sino de cambiar el enfoque que se tiene sobre la misma, haciendo que se convierta en Mejor animación.
Para reclamar el auténtico espacio que de verdad merece la animación dentro los Óscar y los Goya, el de medirse por igual que cualquier otra cinta en live action, y que todos los años tengamos la oportunidad de ver algún título animado nominado a Mejor Película, e incluso que pudiera ganar.




