María Bescós

Colaboradora

He visto todas las nominadas a mejor Óscar de animación y sólo hay dos que merezcan el premio

Opinión

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.

Este año compiten: Del revés 2 (Inside Out 2), Robot salvaje, Wallace y Gromit: La venganza se sirve con plumas, Memorias de un caracol y Flow, un mundo que salvar.

En la 97.ª edición de los Premios Óscar, cinco han sido las cintas nominadas a la categoría de Mejor película de animación. Tres de ellas pertenecen a algunos de los estudios más influyentes de la industria, mientras que las otras dos son de corte independiente. Y con esto ya he dado mi respuesta.

Del revés 2 (Inside Out 2) de Pixar, Robot salvaje de DreamWorks y Wallace y Gromit: La venganza se sirve con plumas de Aardman, se enfrentan a las dos candidatas más firmes para alzarse con la estatuilla: la australiana Memorias de un caracol de Adam Elliot y la letona Flow, un mundo que salvar de Gints Zilbalodis.

Aardman regresaba a sus personajes de plastilina más icónicos en Wallace y Gromit: La venganza se sirve con plumas de Netflix para devolvernos a ese humor más slapstick que triunfaba en sus primeros trabajos, pero poco puede hacer ante el ingenio de Adam Elliot.

El mejor stop motion de 2024

El director de Mary and Max (2009) ha regresado más de una década después con una película de animación en stop motion tan emotiva como su predecesora, pero aún más pulida en el apartado técnico, tras ocho años de trabajo.

De nuevo, ignora cualquier ayuda que pueda proporcionar el CGI para que todo lo visto en pantalla sea artesanal, incluso el fuego o el humo. Aunque, ahora, en vez de apostar por el blanco y negro recurre a los tonos marrones en consonancia con su historia.

En ella vemos el crecimiento de una amante de los caracoles, desde que es una niña hasta que se convierte en mujer, atravesamos todos los sufrimientos a los que se enfrenta a lo largo de su vida. 

Adam Elliot fuerza la narrativa para recrearse en las situaciones dramáticas más extremas, acompañado por unas figuras grotescas con grandes rasgos que acentúan esa expresividad tan necesaria en la animación.

Memorias de un caracol es una cinta muy barroca acorde con el síndrome de Diógenes de su protagonista y el afán coleccionista del cineasta. Desde sus créditos iniciales llama la atención por estar abarrotada de detalles en todas las figuras, en los fondos. 

Es ese tipo de largometraje que necesitas ver varias veces para extraer de él todo lo que tiene que decirte, no sólo a nivel visual, también en cuanto a su mensaje. Por ello creo que es una de las apuestas más potentes del año en los Óscar, pero no es la única.  

Un nuevo camino en la animación por GCI

Si bien Pixar suele ser el ojito derecho de los premios y Ansiedad nos enamoró desde que vimos las primeras imágenes de Del revés 2, pocas ideas propias tiene que ofrecer la película frente a su primera entrega. 

DreamWorks, en cambio, apuesta por un concepto más original con su Robot salvaje, una de las películas más aplaudidas del año por tratarse de una emotiva fábula sobre la maternidad en la que se rescataba ese estilo artístico que ya vimos explorar en El Gato con Botas: el último deseo (2022).

Sin embargo, ninguna de las dos propuestas pueden medirse con Flow, un mundo que salvar. Flow es imperfecta en su animación, e incluso en el retrato de sus protagonistas, pero hay algo que la hace especial, en cómo resuelve sus problemas, en cómo ha sido llevada a cabo. 

Gints Zilbalodis ha realizado una película que podría marcar el futuro del desarrollo de largometrajes animados en el cine, dando ejemplo con su último largometraje, que por fin ha logrado acaparar todas las miradas a nivel internacional.

Mientras que Del revés 2 y Robot salvaje se han creado en grandes compañías, con presupuestos millonarios -200 millones de dólares en el caso de la primera y 80 en el de la segunda-, Flow ha sido confeccionada con apenas 3,5 millones, en un estudio muy pequeño, con muy poca gente involucrada.

Esto ha sido en gran parte posible gracias a Blender, un sofware de animación en 3D de uso libre con el que se ha desarrollado la película de principio a fin. Y con eso me refiero a que el proyecto ni siquiera ha contado con storyboards

Se ha saltado ese paso y directamente se ha construido una animática en el propio Blender, en la que ya se tienen en cuenta las posiciones de los personajes, las cámaras y todos los movimientos, aunque de forma más esquemática. 

La animática suele usarse como referencia, Flow en cambio la emplea como base para luego trabajar sobre ella en el resultado final. Y así ocurre con el resto del metraje, que nunca sale de este programa porque es muy versátil y permite ejecutar todos los procesos en él pese a que no se alcance la misma precisión que con otros.

Incluso el renderizado, un procedimiento muy largo con el que se obtienen las imágenes definitivas de la película, se ha hecho a través de un motor de render en tiempo real de Blender sobre el que luego no se ha aplicado ninguna edición posterior en composición.

En definitiva, Gints Zilbalodis ha encontrado la manera de hacer un proyecto de gran envergadura gastando muy pocos recursos, limitándose al uso de un programa, alterando el flujo de trabajo habitual en este tipo de largometrajes y acortando los tiempos de producción.

Con ello nos enseña una lección más importante que cualquiera de las otras películas nominadas de animación por CGI: que existen otras vías igual de válidas y efectivas para hacer cine

La madrugada del próximo 3 de marzo podremos comprobar qué película de animación ha sido la que ha logrado despertar un mayor interés para la Academia, aunque para mí estos son mis Óscar de 2025.

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