La moda del 3D volvió con Avatar 2 y desde entonces sigue tan muerta como hace una década

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
El 3D volvió para no quedarse: aunque sigue habiendo resquicios de él, ha perdido el atractivo que tenía antes de que se estrenara la primera entrega de Avatar.
Para mí el cine en 3D lleva muerto mucho tiempo, y ni siquiera el auge de Avatar: El sentido del agua (2022) logró devolverlo al lugar de notoriedad que ocupó hace años, cuando todas las películas en la cartelera tenían su propia versión en formato tridimensional.
Llamadme nostálgica, pero creo que ninguna cinta actual tiene intención de aprovechar el 3D como lo hacían aquellos estrenos de principios de siglo que todavía mantenían las icónicas gafas de dos colores.
Si ahora nos quejamos de que las películas en 3D se quedan oscuras, en aquel momento ver un largometraje en tres dimensiones era sinónimo de sacrificar todo el color original de la cinta. Y aún así merecía la pena.
Películas como Spy Kids 3D: Game Over (2003) o Las aventuras de Sharkboy y Lavagirl en 3-D (2005) no tenían mayores pretensiones que las de ser cintas de aventuras infantiles en las que pudieras sentir la acción desbordar la pantalla, y eso es algo que se mantuvo durante un tiempo.
Las películas empezaron añadir bordes negros en sus laterales para acentuar todavía más este efecto, se grababan con dos cámaras para que la imagen resultante ofreciera una diferencia sutil entre lo que percibía tu ojo derecho y tu ojo izquierdo para hacerla aún más realista, y la tecnología mejoró para que no tuvieras que ver las imágenes en rojo y azul.
Entonces James Cameron entró en escena en 2009 ofreciéndonos un nuevo estándar de calidad para el 3D con Avatar: el cine estereoscópico dejó de buscar tanto ese “salirse de la pantalla”, como ofrecerte un marco al que asomarte y en el que todo cobraba vida.
El auge de Avatar provocó que todo, absolutamente todo, se estrenara en 3D, incluso películas que no se habían concebido con ello en mente pero tenían que aprovechar este tirón, como el remake de Furia de titanes (2010), en el que no se consiguieron ajustar bien las distancias ofreciendo un resultado mediocre.
Eso obligó a que las salas de cine se adaptaran a la demanda, ofreciendo sesiones normales y sesiones en 3D, que cada vez se fueron volviendo más baratas, hasta casi equipararse con las convencionales.
La tecnología del 3D se quiso explorar tanto que hasta llegó a los hogares, e incluso se dio un paso más allá para lanzar al mercado el 3D sin gafas, con Nintendo tomando la delantera a los televisores con su Nintendo 3DS.
Pero el boom del 3D decayó al cabo de los años, el mercado estaba saturado de esta tecnología cada vez peor aprovechada, el público se había cansado de ver largometrajes con volumen a los que la tridimensionalidad tenía poco que aportar más allá de la oscuridad, y Nintendo lanzó su paradójica Nintendo 2DS.
No recuerdo cuál fue la última película en 3D que vi en aquella en época, lo que sí recuerdo es que Avatar: El sentido del agua fue la única cinta que me hizo darme cuenta de que aquello seguía existiendo, y tuve claro que debía ir a verla en pantalla grande con las gafas.
Me sorprendió mucho comprobar cómo mis viejas gafas de 3D que llevaban años cogiendo polvo en el cajón todavía eran válidas para los cines actuales, cómo la tecnología no había evolucionado nada en la última década.
Pero, sobre todo, me dolió que la secuela de Avatar no hubiera venido acompañada con una nueva revolución en este ámbito. El cine en 3D se había estancado en los 2010, y nadie había seguido impulsándolo para buscar una manera de hacerlo más perfecto.
Avatar 2 no logró salvar al 3D
Después de la gran decepción que supuso para mí el 3D de Avatar: El sentido del agua, no me suena haber rescatado mis viejas gafas una vez más salvo para el reestreno en cines de Coraline, aunque la posibilidad de ver un nuevo estreno estereoscópico ha seguido estando ahí.
Sin el mismo entusiasmo que antes, sigue siendo posible ver algunos largometrajes en los cines con sesiones en 3D, que se mantienen tan asequibles como al final de su era dorada.
La última vez que se me presentó la oportunidad de ver una película en pantalla grande en 3D fue hace poco, con el remake de Cómo entrenar a tu dragón (2025), y estaba dispuesta a pagar un euro más para encontrarme con un Desdentao todavía más auténtico.
Iba a ir al cine con una amiga que no tenía gafas, y le ofrecí de mi generoso alijo, pero ni con esas logró convencerse; prefería verla en versión “normal” con un sólido argumento: “En 3D igual no nos metemos tanto en la peli”. Ese comentario me hizo reflexionar sobre el lugar en el que había acabado el 3D con el paso de los años.
Sobre cómo una experiencia que había nacido justo para lo contrario, para acercarte más a la ficción, podía convertirse en una barrera que te alejara de ella, ya sea por el color apagado de su imagen, por el engorro de las gafas o por ofrecerte la acción a través de ese “marco”, en una suerte de diorama digital.
Ni siquiera James Cameron ha sido capaz de devolvernos la pasión por el cine en 3D tras llevarnos de vuelta a Pandora, ni creo que Avatar: Fuego y ceniza suponga un cambio significativo en este ámbito cuando se estrene a finales de año. Pero, con suerte, podría servir como excusa para que saque a pasear mis viejas gafas una vez más.




