Black Mirror plantea de nuevo el dilema de los remakes: ¿hasta donde se debe cambiar la original?

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
La nueva temporada de Black Mirror nos prepara para un Hollywood en el que realizar remakes sea más fácil y rápido que nunca, pero eso tiene consecuencias.
AVISO: Este artículo contiene spoilers de Black Mirror: Hotel Reverie.
Black Mirror regresó el mes pasado a Netflix con una séptima temporada que recuperaba el espíritu de las anteriores, tras una sexta en la que Charlie Brooker se desviaba demasiado del terror tecnológico que la caracterizaba.
Como siempre, Black Mirror juega con plantearnos escenarios demasiado familiares y que, en muchas ocasiones, no distan tanto de lo que está ocurriendo en el mundo real, y ese también es el caso del tercer episodio de su nueva temporada: Hotel Reverie, en el que se trata la temática de los remakes en el mundo del cine.
A diferencia de los reboots o las secuelas, el remake consiste en volver a hacer algo que ya se había hecho, actualizarlo de algún modo para otro público, ya sea porque han pasado muchos años desde el lanzamiento de la obra original, o para llevar una película a otros mercados.
Puede haber muchos motivos detrás, pero la clave se encuentra en realizarlos bien, en que esa revisión del material que ya conoces tenga algún sentido y no se convierta en una mera copia sin nada que decir.
Cambiar sin cambiar nada

Hotel Reverie nos acerca a un presente alternativo en el que una tecnología en ciernes podría revolucionar el panorama cinematográfico facilitando mucho los tiempos de producción de los remakes, al poder introducir en un largometraje preexistente a cualquier celebridad actual.
Pudiendo interpretar a un personaje de la cinta original en tiempo real al meterse dentro de la película, en cuestión de un par de horas y como si se tratara de una obra de teatro, la estrella del momento habría sustituido a la anterior, sin necesidad de modificar una frase, una acción, un solo plano, únicamente ofreciendo un rostro familiar a la audiencia.
En el caso de este episodio de Black Mirror, esa modificación estética pasa por cambiar al hombre blanco protagonista de una cinta de los años 40 por una mujer negra que hace el papel de una doctora que inicia un romance con la coprotagonista.
Y la actriz pregunta en voz alta si todo aquello no será extraño para el resto del reparto en el contexto en el que se encuentra, pero su equipo de producción le asegura que el elenco tan sólo atiende a las pautas narrativas.
Este es el principal problema al que se enfrentan los remakes sin necesidad de que una nueva tecnología entre en juego: no se puede contar la misma historia sin alterarla si se van a realizar cambios sustanciales en ella, porque entonces se está siendo incoherente tanto con el material original como con la nueva narrativa.
Una realidad que estamos viviendo
No me quiero arriesgar a criticar demasiado el live action de Cómo entrenar a tu dragón que se estrena este año, porque lo único que hemos podido ver de ella hasta el momento han sido algunos tráileres, pero en ellos se incide tanto en mostrar las similitudes con la cinta original de animación que me hace temer un caso similar al de Psicosis (1998) de Gus Van Sant.
Si los planos de la película en la que se basa eran tan buenos y conseguían mostrar esa conexión emocional entre sus personajes al tener el encuadre y las poses correctas, cuesta entender la necesidad de replicarlos, porque eso indica que el trabajo previo ya estaba bien hecho y la revisión no te aportará nada diferente. Pero no siempre hace falta una gran alteración.
Aplicando un cambio menor pero significativo, Steven Spielberg introdujo en su remake de West Side Story (2021) a le intérprete no binarie Iris Menas como Anybodys, un personaje que en la película de 1961 era una chica de aspecto masculino que se quería unir a la pandilla de los Jets, y que en la nueva versión pasaba a ser un chico trans.
La cinta le daba el espacio suficiente para que se pudiera explorar su identidad pese a que fuera un personaje secundario, y lo hacía de una forma respetuosa desde el propio casting pero que además resultaba coherente con el guion e incluso con la versión previa, ya que se partía de una figura que ponía en cuestión los roles de género desde el largometraje anterior.
A la hora de llevar las modificaciones al extremo, siempre me ha llamado la atención cómo Park Chan-wook fue capaz de cambiarlo todo, desde la época hasta la localización de la obra de Sarah Waters en La doncella (2016), en la última adaptación de Falsa identidad.
La cinta conseguía mantener intacta la esencia de la original, transmitiendo la misma tensión entre sus protagonistas y conservando los giros de guion, pero aportando un punto de vista único que no perdía de vista el nuevo contexto, haciendo que la Inglaterra victoriana original fuera sustituida por la Corea bajo ocupación japonesa de los años 30 como escenario en el que se desarrollaba la trama.

El remake de la película que se estaba haciendo en Hotel Reverie terminaba siendo víctima de lo inevitable: el capítulo acababa sin poder hacer que la historia del largometraje se mantuviera inalterada por más que esa fuera la intención primigenia.
Las dinámicas únicas que se producían al cambiar de intérprete -aunque no sólo debido a ello- desembocaban en una serie de situaciones que terminaban por ofrecer un resultado que nada tenía que ver con la propuesta de los años 40, pero la productora y el equipo de guion se daban cuenta de que los nuevos conflictos también resultaban interesantes.
Black Mirror nos recuerda que un remake no se puede llevar a cabo si no se es capaz de extraer lo más destacado de la obra de base, pero con la valentía de querer ir un paso más lejos para que esta actualización sea efectiva, de manera independiente al camino que se siga para alcanzar ese objetivo.




