Quentin Tarantino no quiere ver más remakes, ¿tiene razón o se pierde grandes películas?

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Quentin Tarantino no ha querido ver las películas y series más aplaudidas de este 2024 porque eran remakes, pero cerrarse en banda tampoco es la respuesta a su verdadera preocupación.
Quentin Tarantino ha declarado en los últimos días sentir un fuerte rechazo por los remakes en el cine y la televisión, que le ha llevado a ignorar algunos de los estrenos más aclamados del último año, como la película Dune: Parte 2 de Denis Villeneuve, o las series: Ripley de Netflix y Shôgun de Disney Plus.
Su justificación es similar para los tres casos, y afirma cosas como: “No necesito volver a ver esa historia, no me importa cómo lo hagan”, “si lo vuelves a hacer, ¿por qué haces lo mismo que ya han hecho dos veces?”, o “es un remake tras otro de este remake, y de aquel remake”.
Tomar sus palabras como verdades absolutas no tiene mucho sentido, ni saliendo de la boca de Quentin Tarantino ni de nadie, y menos aún fuera de contexto, porque siempre son opiniones personales y acostumbran a ser algo circunstancial.
Aceptar esta realidad de Quentin Tarantino es generalizar tanto como lo que dice, aunque concedo que no le falta razón. Vivimos en una época en la que nos saturan con una oferta redundante de estrenos y eso acaba pesando, sobre todo si has consumido mucho cine, y es muy posible que su crítica estuviera dirigida a este factor.
Es cierto que algunos de los estrenos más potentes de 2024 son nuevas versiones de obras preexistentes o segundas partes de lanzamientos previos, algo que te hace cuestionar la falta de originalidad en la industria.
Sin ir más lejos, en lo que queda de año veremos Gladiator II de Ridley Scott, Nosferatu de Robert Eggers o Mufasa: el rey león de Disney, y en los últimos meses no nos han faltado secuelas y remakes que se presentaban como lo más llamativo de la temporada, como: El color púrpura, Twisters, Alien: Romulus, Smile 2 o Bitelchús Bitelchús.
Es difícil citar tan sólo unos pocos casos, porque hay demasiados. Esta rebosante cantidad de estrenos que se basan en otros preexistentes es lógica para las compañías porque la audiencia las sigue disfrutando y consumiendo, ¿pero aportan algo relevante?, ¿matan la creatividad?
Esas son las preguntas que de verdad debería hacerse Quentin Tarantino y también las que tendrías que reflexionar cuando vayas a ver una película que ya se ha hecho antes.
¿Tienen sentido los remakes?
Hay ejemplos demasiado hirientes de remakes que salieron fatal, y creo que uno de los más conocidos es el de Psicosis, que en 1998 recibió un remake a color dirigido por Gus Van Sant en el que se copiaba plano por plano la cinta original de Alfred Hitchcock de 1960.
Furia de titanes también contó con una terrible revisión en 2010 que hasta se atrevió a lanzar una secuela un par de años después, pero Louis Leterrier fue incapaz de replicar el carisma del reparto que protagonizó el clásico de 1981 de Desmond Davis, y mucho menos conseguir que sus efectos especiales estuvieran a la altura de la pericia de Ray Harryhausen en la original.
Kenneth Branagh se encuentra con un problema similar en sus nuevas versiones de la obra de Agatha Christie, que resultan mucho más vistosas para el público contemporáneo, pero se pierden en sus decorados por CGI sin poder aportar nada nuevo a un misterio que lleva escrito décadas y todo el mundo conoce.
Podemos criticar que estas nuevas versiones no ofrezcan algo novedoso, en diferentes grados, pero al final varios de estos largometrajes -incluyendo las producciones citadas por Tarantino- parten de novelas que se hicieron antes de que salieran a la luz sus primeras adaptaciones.
No se podrá evitar tener como referencia aquellas películas o series que se estrenaron antes que el próximo proyecto que se ponga en marcha, sin embargo, la fuente principal a la que se mirará como base seguirá siendo la misma.
Por otro lado, a no ser que seas Gus Van Sant, es casi imposible que te pongas a realizar un remake y te salga algo completamente igual, porque siempre va a haber algunas características del nuevo equipo que terminen alterando el producto resultante y te ofrezca un punto de vista único o un añadido interesante.
En este artículo he señalado a Kenneth Branagh por fracasar en varios aspectos de sus películas, pero me gusta la profundidad que ha logrado aportar a ciertos personajes, alejándose de la obra de la que partía para añadir narrativas que tal vez no se pudieron contemplar en su momento.
Mientras que en remakes de este año como El color púrpura no sólo vimos modificarse su género volviéndose musical, sino que además logró tocar aspectos de la novela que Steven Spielberg nunca introdujo en su película.
Hacer remakes es inherente al ser humano del mismo modo que nuestra forma de vida se ha construido en torno a la reformulación de conceptos previos, en volver a contar las mismas cosas que ya se habían dicho antes, aunque mutando a medida que las transmitíamos. En el mundo audiovisual no es diferente, con la ventaja complementaria de que esto aporta beneficios a la industria.
Un remake suele forzar a la creatividad, para que la nueva obra se pueda distanciar de su predecesora al tiempo que mantiene esos elementos reconocibles. También puede ser una pieza más en la filmografía de su cineasta que le brinde las herramientas que necesite para contar otras historias en el futuro. Puede acercar una película o novela antigua a un nuevo público…
Las ventajas de este tipo de producciones son tan variadas que no tiene sentido ignorar un remake sólo por el hecho de serlo. ¡Y hasta el propio Quentin Tarantino hizo una suerte de remake con Reservoir Dogs (1992) aunque se resista a reconocerlo!




