María Bescós

Colaboradora

The White Lotus nos vuelve a recordar que normalmente son mejores las series antológicas

Opinión

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.

Las series antológicas como The White Lotus tienen una forma de narración específica que les permite conectar con la audiencia a un nivel mucho más directo.

La semana pasada empecé a ver la nueva temporada de The White Lotus en Max: Italia había quedado atrás y ahora la serie se abría con una vista a la profundidad de un bosque tailandés al que llegaba un grupo de personajes a los que no conocía, pero había algo familiar.

Todo el mundo era de clase alta y se disponían a disfrutar de sus vacaciones en un resort de lujo perteneciente a la cadena hotelera The White Lotus. Pero no tardaron en aparecer pequeños roces, una fricción que ya sé que acabará en tragedia, que romperá ese perfecto equilibrio, esa comodidad que la gente rica cree inalterable. 

Mike White maneja un esquema común que reconozco porque ya he consumido las dos temporadas anteriores de la serie no porque continúe de manera lineal con los acontecimientos pasados sino porque es una antología que nos ofrece una experiencia diferente con cada nueva tanda de episodios manteniendo ciertos factores en común. 

En el caso de The White Lotus es la parodia de las clases sociales altas al estar enclaustradas en un hotel ubicado en un paraíso exótico, con Mike White ejerciendo siempre como director y guionista. El reparto, salvo en muy contadas ocasiones, se va renovando en cada nueva temporada, así como sus personajes y la localización del siguiente destino al que se dirigen. 

Gracias a estos factores, su creador puede ofrecernos una historia concreta en cada nueva temporada, con un claro comienzo y desenlace que propicia un constante avance de la trama, sin desviarse en narraciones innecesarias, hasta que llegamos a su conclusión. 

Porque no es una serie que pueda eternizarse sabiendo que tendrá la oportunidad de cerrar sus cabos sueltos y enmendar sus errores en los siguientes episodios, que se vaya construyendo en función de la recepción de la audiencia y acabe dando lugar a una historia insatisfactoria que ya no sepa hacia dónde tirar.

Es fácil pensar en series eternas de las que llevan decenas de temporadas en televisión como peores ejemplos de ello, pero no hace falta irse a casos tan extremos para comprobar cómo algunas series con menos recorrido adolecen de este problema por su ambición de querer extenderse más allá de su primera temporada.

El Juego del Calamar, de Netflix, o Separación, de Apple TV+, habrían funcionado mejor como antologías o miniseries si se hubieran terminado de explicar los misterios que las envolvían al término de sus temporadas primigenias. 

En lugar de eso, han optado por seguir creciendo y desviarse de la idea original para continuar dando vueltas sobre un concepto que ya se ha agotado en sus capítulos iniciales al ser explorado de la misma manera. 

Las series antológicas, en cambio, cuentan con la ventaja de ser autoconclusivas, de tener también una misma premisa como eje central pero la virtud de poder explorarla desde otros puntos de vista más variados.

Las antologías no son todas iguales

Si nos fijamos en The White Lotus, la nueva perspectiva nos la da la renovación de sus personajes, de forma similar a como ocurría en American Horror Story, que planteaba una historia única de terror en cada temporada, muchas veces rescatando al elenco previo, pero casi siempre en roles nuevos.

Mientras que Miracle Workers hacía justo lo contrario: la clave en ella era su elenco protagonista, encabezado por Daniel Radcliffe, que siempre regresaba a cada nueva temporada de la serie siguiendo unas mismas dinámicas, aunque en un marco espacial y temporal diferente que atendía a la comedia generada por sus relaciones interpersonales. 

Pero hay otras propuestas con un desarrollo incluso más compacto, que ni siquiera expanden sus ideas a lo largo de una temporada, sino que las empiezan y finalizan en un único episodio. 

Black Mirror de Netflix es un buen ejemplo de ello, con Charlie Brooker ofreciendo nuevas posibilidades distópicas en los siguientes episodios de su serie, de forma parecida a como afrontaba la ciencia ficción Jordan Peele en el remake de The Twilight Zone, o Vernon Chatman el absurdo en los cortos capítulos de The Shivering Truth.

Serie de animación que se podría asociar más a Love, Death + Robots de no ser porque su trasfondo es tan diferente. Si bien Tim Miller es el responsable de armar esta antología, los equipos que hay detrás de ella son todos únicos. 

A diferencia de la mayoría de los ejemplos anteriores, en los que una sola persona es la encargada de revisar sus propias ideas para dar un pequeño giro a cada una de las secciones de la antología en cuestión, en Love, Death + Robots cada capítulo está hecho por un estudio de animación diferente.

En ella se mantienen los tres temas en común que dan nombre a la serie, pero los diversos equipos creativos y técnicos son quienes le dan un significado propio a ese enunciado, pudiendo alumbrar una visión todavía más amplia de la propuesta inicial.

Como se puede ver, no hay sólo una forma de enfocar una antología como tampoco la hay de crear una serie episódica al uso, aunque en todas ellas se mantiene la misma filosofía: a veces es mejor dejar atrás Italia e irse a Tailandia, cerrar una buena historia y empezar otra nueva para poder contar un relato que supere al anterior.

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