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La opinión de
Sonia Herranz

Una consola no es un electrodoméstico más

Cafetera

Por si alguno aún se lo pregunta, ya tengo elegido el modelo de televisor que voy a encajar (tras verme unos episodios de Bricomanía) en el mueble de mi salón. Un amigo me ha ayudado a aclarar dudas y ya sé exactamente qué quiero (antes no lo tenía claro) para comprar exactamente lo que necesito. Y sí, de 55 pulgadas…

Con cualquier electrodoméstico que me compro, incluido mi nuevo televisor, el proceso es exactamente el mismo, aunque nunca me había cuenta. Primero pienso qué quiero que haga por mí y luego compro el que encaja en lo que buscaba. Es así de sencillo. 

Y cuando quiero lo mejor, me voy a lo mejor, aunque la compra ahí se me haga un poco más cuesta arriba. Eso me pasó con el aspirador. Estaba harta de quemarlos (algunos no llevan bien que se hagan obras en casa) y estaba harta de no ser capaz de sacar el pelo de perro de las alfombras y los sillones. Conclusión: me compré uno de los mejores aspiradores del mercado. Y, cuando lo tuve que sustituir casi 20 años después, permanecí fiel a la marca. 

La aspiradora de Lidl se agota

Pero, claro, hubo veces que no lo pensé bien. Metí la pata con la plancha: poco vapor para tanto algodón; y tampoco fui muy lista con el microondas: demasiadas prestaciones (vapor incluido), para calentar la leche por las mañanas. Ahora ya pongo más cuidado cuando compro, para no quedarme corta ni pasarme de frenada. Bueno, lo intento. 

Todos estos electrodomésticos tienen algo en común: acaban y empieza en sí mismos. Si la lavadora es buena, es buena y puedo ponerle cualquier detergente de cualquier marca. Al micro le da igual si le meto una taza de publi o una de esas monísimas que me regaló mi madre. Hasta le da igual la marca de la leche que lleven dentro. 

Sin embargo, a la hora de comprar una consola, las prestaciones no lo son todo. Está muy chulo elucubrar, antes de que salgan a la venta, sobre si el procesador será capaz de esto o de lo otro; mola imaginarse que se puede hacer con esa gráfica tan chula o si los teraflops serán capaces de mover el mundo. A la hora de la verdad, todas esas cosas son lo de menos. 

Y anda que no tenemos ejemplos a lo largo de la historia. Consolas que sobre el papel se podían comer lo que les echaran y al final se quedaron en nada… Hay muchas cosas que influyen en que una consola funcione o no, aunque hay una que suele ser la clave: los juegos. 

Yo me imaginaba haciendo salmón al vapor y verduritas en mi fantástico microondas, pero la verdad es que ni he llegado a probar qué tal quedan. Me creo que las virguerías técnicas que se meten o no en las tripas de una consola pueden permitir construir mundos mágicos, pero después hay que construirlos.

Ejemplos de máquinas teóricamente superiores devoradas por dulces cachorritos tenemos a patadas en la historia de los videojuegos, aunque quizá el más paradigmático sea el caso de Game Boy que, por no tener, no tenía ni colores. Y ahí la tenéis, barriendo del mapa a sus rivales a base de tener las prestaciones adecuadas y juegos a cholón. De poco le valió a Lynx ser capaz de ejecutar rotaciones y zooms y ser apta para zurdos… 

La imponente Saturn, capaz hasta de reproducir Vídeo CD, era una máquina potentísima, pero con un problema grave: no gestionaba los polígonos tan fácilmente como PlayStation. Y en esa época, los polígonos eran la prestación a tener en cuenta. 

En la era de los 32 bits, los 64 bits de Nintendo 64 podrían haber cortado el bacalao, pero no pudo ser. El dichoso cartucho limitaban mucho sus posibilidades. Que lo digan a Square y los tres CD de Final Fantasy VII que cambiaron muchas cosas… 

Y podríamos seguir dando ejemplos de teóricas superioridades que al final no lo fueron… o no importaron. A mí, a estas alturas de la película, un chorreo de cifras, datos y velocidades de computación como que ya no me dicen nada. Viene a ser como comprarse un coche por los caballos de potencia cuando los que han jugado a Gran Turismo (por ejemplo) saben que la potencia no lo es todo. 

A mí que me digan que una foto infrarroja del procesador de PS5 deja entrever que si la arquitectura no es RDNA 2, que no tiene Infinty Caché y que le faltan partes de la FPU Zen 2 pues como que me deja igual. ¿Cambia algo la cosa? 

PS5 SoC

Y que se diga o se deje de decir, pues no parece mal, que habrá gente que entienda de arquitecturas informáticas y esté interesada en estos detalles, porque es capaz de sacar sus propias conclusiones con conocimiento de causa. Lo que me parece ridículo es que se genere un circo en el que todo el mundo opina sin tener ni idea y con el único objetivo de hacerse pupita unos a otros.  

A mí, estas discusiones tan inútiles me cansan mucho. Antes me daban rabia, ahora, solo fatiga. ¿De verdad PS5 ya no vale para nada porque no tiene el estándar de los últimos procesadores de AMD? ¿Me va a explotar en las manos el DualSense porque tiene RDNA personalizada? ¿Eso se come? ¿Hace que sea mejor Xbox? 

Pues mira, no lo sé. Lo que sé es que yo juego para divertirme, y me da igual si al final la FPU es Zen o se alinea con otra escuela budista. Tengo más ganas de quejarme de la falta de juegos (aunque sea una constante en cada cambio de generación), de la escasez de espacio en el disco duro (y de que la ampliación valga un ojo de la cara, cuando se pueda ampliar), de lo grande que es o lo cara que cuesta que de quejarme de si sus radiografías quedan bonitas o no. 

 A estos electrodomésticos llamados consolas hay que valorarlos diferente que a todos los demás: tienes que tener en cuenta qué les quieres meter dentro y con qué quieres disfrutar. El éxito de una consola depende de cómo se aprovechen sus componentes y de cómo se cocinen sus juegos. Porque son los juegos lo que de verdad importa.

 Y, a diferencia de lo que ocurre con el horno que tienes en casa, aquí sí importa de dónde venga el pollo que vas a asar, porque no todos valen. 

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